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sábado, 29 de mayo de 2010

la metamorfosis

Y cuando el funcionario se levantó, se había convertido en un horrible insecto.

jueves, 27 de mayo de 2010

miércoles, 21 de abril de 2010

Quisque nos manda un dibujo

Hace tiempo que no paso por este mundo de mentira. Hace tiempo que la vida me sorprende. Yo me he propuesto reirme de ella.

viernes, 26 de febrero de 2010

Quisque se marcha


Palabras. Son solo palabras. Ésta fue la respuesta que un día le di a Ramón. Palabras que se unen y que dejan un rastro. Ahora me apetece andar hacia atrás, arrastrando una rama de olivo que borre ese camino.


Quisque no ha muerto. Su corazón palpita, un poco más lejos que antes, pero late. Quisque se ha confundido y no se reconoce en el espejo. No sabe a quién afeita, ni a quién peina por las mañanas. No quiere ver su rostro en la superficie de la sopa. Quisque se ha cansado de repetirse. Quisque se marcha.


Palabras. Son solo palabras. Cuando busco la línea que separa al turista del viajero. Palabras. Cuando el viajero se convierte en ciudadano. Más palabras, pero cómo pesan en la memoria.


Quisque se marcha de Bolonia, de los aviones, de Chiara o de aquella chaqueta colgada en el baño. Azules y rojos se funden en su vida. Quisque se marcha y el azar determinará si alguna vez regresa. No recoge nada, no hay más equipaje que las palabras borradas. Todo se queda sobre la cama, sobre las piedras y bajo los arcos de vía Zamboni. Todo se va al infierno.


Palabras. Son solo palabras. Si Quisque fuera una sería “vida”. Nada más. Con sus llegadas inesperadas, sus despedidas sin sentido. Sería vida. Con historias que se acaban y otras que quedan flotando en el viento.


Quisque se diluye en la multitud. Para ser todo quisque.

viernes, 12 de febrero de 2010

Si Quisque fuera un lugar

El padre de Quisque ha elegido una papelera. En ella ha dejado los botones de su chaqueta. Adiós al pasado. Esa chaqueta que tanta seguridad le dio en su juventud le deja frío, inquieto. ¿Es necesario vivir con miedo? ¿Se puede olvidar el pasado? El padre de Quisque deja su chaqueta huérfana de botones. Se sujeta fuerte al cuaderno de apuntes. Mira al frente. Hace frío y el sol deslumbra.

Si Quisque fuera un lugar sería el norte. Una ciudad con mar y con montaña. Si Quisque tuviese dinero viajaría lejos. Lejos del pasado y del terror. Lejos de las cartas con matasellos italianos. Lejos de ellos. Si Quisque fuera un lugar sería un norte lleno de gente, donde perderse no fuese un imposible.

Las líneas del cuaderno son la guía del padre de Quisque. Su diario infantil estaba lleno de “si fuera”. La Organización le enseñó a dar importancia a la información. Ahora es ese cuaderno lo único que tiene.

jueves, 11 de febrero de 2010

el padre de Quisque en Sants

El padre de Quisque ha llegado a Barcelona. Estación de Sants. “Se ruega a los viajeros que no olviden sus pertenencias. RENFE les agradece que hayan elegido sus servicios. Perdido entre la multitud, el padre se acoge a lo único que tiene seguro: su chaqueta. Pasa su mano callosa sobre las solapas. Están arrugadas del tiempo que hacía que no la usaba. Se la ha puesto por respeto, por lo que esa prenda significó para él durante su juventud. Con el abrigo gris frota los botones de sus mangas: uno dorado y otro plateado. Omega vuelve a relucir en los botones dorados. Alfa en los plateados.

De uno de los bolsillos del pantalón, el padre de Quisque extrae una libreta de notas. Allí siempre ha encontrado información sobre su hijo, pero las hojas amarillas no parecen mostrar nada nuevo. ¿Hacia dónde dirigirse? Nunca había tenido que tomar esa decisión antes. Señor, no debería llevar esa chaqueta, ya no le pertenece. La voz no la reconoce. Él nunca había hablado con nadie de la chaqueta. Siempre eran notas escritas al borde de una revista, en las esquinas de las cartas; pero nunca de viva voz. El hombre se marcha y el padre toma la dirección contraria. Es mejor no encontrarse con ellos.

martes, 9 de febrero de 2010

quisque y la tercera puerta


Quisque no deja de pensar en la tercera puerta. En la puerta cerrada. Nadie ha llegado a casa en los últimos días. Antonio, Massimo, VLM, la señora de la bicicleta, todos parecen haberse diluido. Sólo la tercera puerta llama su atención. Quisque busca entre sus bolsillos algo que introducir en la habitación. Como no encuentra nada decide meter sólo una pregunta escrita en un papel: ¿dónde está la chaqueta de mi padre?

La Organización no da información confidencial. Esa chaqueta nunca existió. Tu padre fue un gran hombre. Trabajador. Sencillo. Quizá no supo entender tus inquietudes. Pero ya pasó todo” Esta nota está escrita en el reverso de una fotografía donde Quisque y su padre sonreían a la salida de una bodega. Quisque todavía usaba pantalón corto. Su padre, su inevitable chaqueta.

miércoles, 3 de febrero de 2010

el padre de Quisque

Quisque ha visto una chaqueta colgada en el baño. Es como la de su padre. La que colgaba junto a la mochila y los recuerdos. A Quisque no le gustaba ese orden. Ahora, sentado en la bañera recuerda su infancia. De nuevo su padre, con una maleta vacía, con rincones de miedo. Su padre. ¿Dónde estará su padre?

El padre de Quisque ha tomado un tren. ¿Hacia dónde? Sólo tiene una referencia. El norte. Quisque siempre quiso viajar al norte.

miércoles, 27 de enero de 2010

Quisque recibe una carta

Chiara le tiende una carta a Quisque. A Quisque, via dell’Inferno 3, Bolonia. Remite: culturajos@blogspot.com. Nada más sobre aquel sobre blanco con los bordes color de barbería antigua. Quisque deja el sobre en la mesa de la cocina. Aquel piso no tiene sala de estar, es pequeño, dos habitaciones, una cocina, un baño y una habitación cerrada. ¿Por qué?, se pregunta Quisque. Chiara se encoge de hombros, es el mismo gesto que en España, qué sorpresa. Quisque deja el sobre en la mesa y bebe un vaso de agua. Tiene miedo. El pasado en forma de carta. Quisque no quiere saber nada del pasado, al menos ahora sólo quiere pensar. Recoge el sobre y lo introduce en la habitación cerrada, por debajo de la puerta. A cambio le aparece una fotografía:


Chiara juega al borde del mar. Tiene un palo en la mano, con el que busca conchas. Es feliz. Apenas doce años. Es su primer día comprometida. Él es maravilloso. Un caballero. Viste trajes a medida y pañuelo al cuello. Trabaja en el norte. Ah, el norte. El futuro está allí. Chiara viste de blanco y sus ojos atrapan el sol y el mar.


Quisque deja la fotografía sobre la mesa de la cocina. Chiara se sonroja y mira a Quisque. No comprende las palabras escritas en el reverso, pero identifica su nombre. Suena el reloj del tiempo. La pasta ya está lista. Un poco de parmesano a la salsa y es el momento de comer. Tres platos sobre la mesa. Quisque, Chiara y el tercer plato que permanece intacto sobre la mesa. Bon apetit.

Quisque se tranquiliza



Quisque se acuesta en el suelo de la plaza. El azul del cielo le tranquiliza. “Dedicada a San Petronio, patrón de la ciudad, la construcción de esta basílica se remonta a 1390, cuando el ayuntamiento encargó a Antonio di Vincenzo los trabajos de edificación de una gran catedral en estilo gótico, que según las primeras intenciones hubiera debido sobrepasar —en dimensión— a la Basílica de San Pedro, en Roma; pero como podrán suponer este proyecto no fue del agrado del Papa que obligó a bloquear la obra, disminuyendo sus dimensiones iniciales. Como ya han podido comprobar el pueblo boloñés ha sido muy beligerante en su enfrentamiento con el papado. Posteriormente, y debido a que la basílica gozó desde un principio de gran prestigio, fue escogida por Carlos V para su coronación como emperador por parte de Clemente VII en 1530…” Quisque mantiene la atención, tendido en el suelo, a un costado del grupo de turistas, durante toda la explicación. Cuando la guía termina de hablar, Quisque le pregunta quién es Carlos V. No es importante, le informa la guía, que se marcha con el grupo hacia el interior de la iglesia.

Quisque sigue haciéndose preguntas: Carlos V, San Petronio, el papado, ¿son tan importantes esos personajes? Después vuelve caminando a via dell’Inferno.

Al llegar a casa, Quisque pregunta a Chiara: ¿Bolonia es de barro o es de mármol? Chiara se sorprende de la pregunta, pero han creado un lenguaje propio que les permite entenderse. Chiara, con voz suave y tímida, le responde: Bolonia é fatta di mattoni e gesso. Il marmo é da fuori. Bolonia non é Firenze*. Entonces tú eres de mármol, Chiara. Ella sonríe, pero no comprende del todo lo que Quisque quiere decirle. Sin embargo a Quisque le duele el pecho, es como si se hubiese vaciado en esas palabras.

*Bolonia está hecha de ladrillos y yeso. El mármol es de fuera. Bolonia no es Florencia

martes, 26 de enero de 2010

Quisque frente al pasado

Quisque no quiere volver a la Feltrinelli. No quiere decir de nuevo la palabra Organización. Le da miedo. Siente que esa palabra le aleja del mundo. Paseando por Bolonia, Quisque ha vuelto al origen: vía Ugo Bassi, Piazza del Neptuno. Mira las lápidas, mira la escultura, mira a un mendigo que está sentado en las escaleras. Lo piensa. Recuerda y le devuelve las monedas que aún guarda en el bolsillo. ¿Será el inicio de una nueva historia?


Quisque continúa. Va a dar un paso más allá. Le atrae esa fachada a medio terminar. Sí. Es una iglesia, en la Piazza Maggiore, según reza el cartel sujeto a una ciudad antigua. ¡Qué pena no haber sido un buen estudiante para reconocer la época! Edificios grandes y viejos en una plaza, y al fondo una iglesia a medio terminar. Parece que los del cine no tuvieron bastante dinero, se dice a sí mismo. Se acerca un poco más a esa fachada, sube las escaleras, toca el mármol con la mano derecha y mira la arcilla que hay por encima. Esta ciudad es mentira, piensa, bajo el mármol sólo hay ladrillos de barro. Entonces reflexiona sobre sí mismo. Fundido en rojo.

lunes, 25 de enero de 2010

Quisque y unos ojos


Quisque la ha mirado a los ojos. No son azules, sería demasiada coincidencia. Sus ojos son del sur: cálidos, brillantes y alegres. Quizá guarden un poso de melancolía, de lejanía del mar, del que se ha marchado, pero aún recuerda. Ahora que su “mi dispiace” ha quedado prendido en el aire. Ahora que todos se han marchado. Ahora que se han quedado a solas, Quisque recuerda la voz metálica de mujer que surgió del telefonillo. Via dell’Inferno 3. ¿Qué podría ocultar aquella voz? Era Chiara. El ángel caído. El ángel roto y expulsado del paraíso. ¿Qué hacía Chiara en Bolonia? Quisque no se atrevía a preguntarlo. Ante la mirada del sur sólo fue capaz de preguntar sí tenía bicicleta. Chiara respondió que no y se marchó a la cocina.

viernes, 22 de enero de 2010

Quisque intenta explicarse


Era Mariano. Podría jurarlo. Era Mariano, pero con chaqueta y corbata. Quisque no entiende qué ha ocurrido. Todos le miran con desprecio: Massimo, Antonio, Vicente, la señora de la bicicleta, la guía turística y algunas personas que no conoce. Os lo juro, aquel señor era Mariano, el camarero de mi pueblo.

No esperábamos esto de ti, Quisque. El protagonista del relato no puede desvanecerse en mitad de una escena. Nunca. Así nadie podrá fiarse nunca de ti. Antonio habla por todos. Te daremos una nueva oportunidad, pero esta vez tendrás que conseguir que sea una actuación convincente. Todos asienten con mirada de desprecio. Todos menos Chiara, que lo mira con pena. Mi dispiace, susurra.

¡Y ni se te ocurra volver a pronunciar mi nombre!, ¿entendido? VLM no quiere que se le relacione con la Organización. Él es un pensador libre, necesita su espacio, nada de diluirse en grupos organizados.

De acuerdo, dice Quisque.

Ahora solo necesita tiempo para pensar.

miércoles, 20 de enero de 2010

Miedo.

A Duna. Quisque antes del desvanecimiento:

La vida me pasó como una película frente a los ojos

Miedo. Miedo al vacío que se ha creado. Miedo a esos libros llenos de palabras desconocidas. Miedo al mundo ficticio que tira de él hacia el interior de las estanterías. Quisque se flexiona, intentando protegerse. Primero los brazos, luego las piernas. La espalda se arquea y la cabeza la acerca al pecho. Se tapa la cara con las manos. Ya no tengo miedo, se dice.

Los miedos son rojos. De un rojo brillante que se transforma en azul, cuando se abren ante el tiempo. Roja era la entrada de aquel hombre durante las noches de infancia. Rojo el olor que desprendía el saco donde guardaba a los niños. Roja la sangre que salía a borbotones cuando les sacaba el hígado o el corazón. Rojo el dinero con el que le pagaban los órganos. Y azul todas las lágrimas con las que Quisque se defendía del Hombre del Saco.

Quisque se incorpora, se estira y se plancha el traje con la mano. No eres ningún niño, se recrimina. El Hombre del Saco ya no existe. Se lo llevó padre en su viaje a Zaragoza. Quisque intenta convencerse, pero el color rojo no desaparece. Tiene miedo de revisar sus miedos. Se tiene miedo a sí mismo. Por su mente pasan los motivos que le arrojaron al viaje: el bar, el aburrimiento, el amor, la incomprensión, el pasado… Todos son rojos y el cielo es azul.


Dentro de la librería no hay azul. No hay defensa.


Unos pasos. Quisque escucha unos pasos y comienza a marearse. Quisque.

martes, 19 de enero de 2010

quisque se siente estúpido

Quisque se siente estúpido. Entre miles de libros incomprensibles. Se siente estúpido. No sabe el motivo por el que los clientes se han marchado. Entre cientos de autores que desconoce si están vivos o muertos. Se siente estúpido con su pantalón y su camisa. En una librería que se encuentra fuera de la realidad. Se siente estúpido porque no sabe qué significa Organización. Es un país donde todo tiene nombres incomprensibles. Quisque se siente estúpido.

¿Por qué motivo busca usted a VLM? le pregunta una voz en perfecto castellano. Ese autor no está en nuestro catálogo. Lo siento, responde Quisque. No sabe qué hacer, dónde poner las manos. El sudor empieza a empapar la camisa. ¿Se encuentra bien, señor? Quisque no puede responder. Cansado. Se siente cansado. Le pesa la camisa, los zapatos, hasta el pañuelo que lleva en el bolsillo. Me envía la Organización, se escucha en un murmullo antes de que pierda el conocimiento. Fundido en rojo.

viernes, 15 de enero de 2010

Quisque de nuevo en la calle

Quisque viste traje de chaqueta, un tutto que llaman allí, corbata fina y zapatos. Al salir a la vía del’Inferno, el sol está alto, es mediodía y la gente ha hecho el descanso para comer. Hacía mucho tiempo que Quisque no pisaba la calle. La última vez la barba le daba un aspecto miserable. Ahora podría comer en cualquier restaurante de la ciudad. Catherina ha hecho su trabajo. Ahora Quisque forma parte de la Organización.

La librería Feltrinelli es de nuevo su destino. Quisque no necesita preguntar, camina bajo los pórticos de vía Zamboni. Se dirige hacia las dos torres, dejando atrás los grandes edificios de la Universidad. Mira el tráfico de personas, motocicletas y coches que se confunden. Corren a la búsqueda de un plato de pasta. Quisque no se ha acostumbrado a comer tan temprano. Al entrar, la librería está casi desierta, Quisque ensaya sus palabras: Me envía la Organización. Las ha repetido tantas veces y con tantos tonos de voz distintos que ya no sabe cuál es su significado. Las pronuncia en un susurro, pero las dos personas que están a su lado parecen escucharlas y se marchan del establecimiento.

Quisque recorre las estanterías. No entiende nada. No conoce a ninguno de los escritores. Se sorprende al comprobar que todas las obras están escritas en un idioma extraño: italiano. Nunca antes había visto tantos libros en italiano juntos. Nunca había pensado que aquello fuese posible. En la ciudad, la Fnac tenía una sección de literatura extranjera, pero los idiomas se mezclaban y había menos oferta. En esta librería no hay libros en castellano. Al acercarse al mostrador de Informazione, Quisque dice sus palabras. La chica palidece. ¿Se encuentra bien? La chica no responde. Coge el teléfono que tiene cerca y susurra unas palabras que Quisque no escucha. ¿Tienen algo de Vicente Luis Mora? La chica comienza a buscar en la base de datos. Puoi aspettare un attimo?, y sale corriendo de la librería que queda completamente vacía.

martes, 12 de enero de 2010

Quisque y el infierno

Quisque se despierta con el sonido de guitarras eléctricas. Varias personas de aspecto gótico comen cerca de él. Se levanta y sale del local. No sabe qué hora es. Se siente pesado y la cerveza ha hecho estragos en su cabeza. Busca la dirección en el bolsillo. Allí está: Vía dell’Inferno 3. En la puerta del Transilvania le enseña la dirección a una pareja: el chico que viste de negro, un abrigo tres cuarto (no sabría definirlo de otra manera) cerrado hasta el cuello, pelo largo y liso; la chica un vestido ajustado, negro, de tirantes. Quisque escucha la explicación, dicha en voz alta y palabras pronunciadas muy lentamente: Tutto diritto. Guarda, é via del Carro e a la fine gira a destra. Dopo cerca per il numero. Todas estas palabras están acompañadas por gesticulaciones del chico, mirada pasiva de la chica y la sonrisa tonta de Quisque, que acompaña con sus gestos los del chico. Poco después de comenzar a caminar, Quisque se gira para confirmar que ha comenzado en la dirección correcta, y observa algo extraño. La pareja entra en el Transilvania, pero él lleva una correa de perro en la mano, al seguirla, Quisque comprueba que el collar lo luce ella. No intenta comprender nada.

La via dell’Inferno no tiene pórticos, al menos no es como la vía Zamboni. Son calles estrechas y entonces Quisque es consciente del nombre: del infierno. Calle del Infierno. Habrán querido asustarle. Será una dirección correcta. Quisque se para frente al telefonillo del edificio. Pulsa un botón al azar. Nadie contesta, pero la puerta se abre. Quisque no sabe qué hacer. Se hace de noche y no tiene donde dormir. Con sólo unas monedas en el bolsillo tiene que dejar que la suerte juegue sus cartas. Avanti, avanti. Se escucha desde la puerta. Es una voz metálica, de mujer.

Quisque en Transilvania

Quisque lleva la ropa sucia, barba de muchos días, el pelo grasiento y VLM un libro bajo la manga de su camisa: Il sogno Della Nocilla. Quisque camina un paso por detrás o quizá sea VLM el que camine un paso por delante. La vía Zamboni se pierde al fondo y se estrecha. No es una ciudad al tamaño de los coches, piensa Quisque. El carril bici se difumina entre los adoquines. Sin embargo, VLM y él caminan bajo palio. La calle está cubierta, a ambos lados, de pórticos continuos e infinitos. Parece que los edificios les quisieran abrazar, engullir. Es una ciudad preciosa, un pasadizo a la Edad Media, dice VLM. Quisque asiente con la cabeza. Se siente intimidado. La sombra, la piedra y la noche comienzan a oprimirle cuando la calle se abre en una plaza, a la izquierda. VLM sigue caminando. Transilvania. El lugar es oscuro, con candelabros, y VLM se introduce en él.



Las mesas de madera, largas, compartidas, están llenas de gente. Todos comen en platos de plástico y beben grandes jarras de cerveza. Quisque traga saliva. En ese momento es él quien está más acorde con el escenario. VLM deslumbra con su camisa y su libro bajo el brazo. Este pasadizo nos lleva a las películas de serie B, vampiros, ataúdes y cera derretida. ¿Qué prefieres: vino o cerveza? Quisque no sabe que pedir. No te preocupes, invito. Se dirigen hacia una gran mesa redonda. Quisque deja su chaqueta, VLM su bolso. El libro lo mantiene bajo el brazo. Y vuelven a la entrada.



Sobre la barra se extienden los platos de pasta, pizza, patatas. Al menos diez especialidades expuestas a los clientes. En una mesa anexa, los platos y tenedores de plástico. Piden dos jarras de cerveza de más de medio litro. VLM paga. Puedes comer lo que quieras, le dice, y Quisque devora, primero con vergüenza, después desbocado, raciones inmensas de aquellos platos. ¿Tenías hambre? Quisque asiente, satisfecho. VLM no ha probado nada de aquella comida. Ya comeré más tarde, esto es sólo el aperitivo. Pero Quisque apenas puede respirar y se estira sobre el banco de madera. VLM sonríe y se marcha. Hay que conocer las ciudades desde abajo. Quisque sonríe y lo ve marcharse, como Drácula hacia una cita con la vida. Derrotado por la comida y el vinagre, Quisque se entretiene mirando los cuadros.

lunes, 11 de enero de 2010

Quisque camina


Quisque camina. En su bolsillo guarda la dirección: Piazza di Porta Ravegnana, 1. Un pequeño plano le indica la trayectoria con flechas rojas: Ugo Bassi adelante, prolongación en Rizzoli. Al final del recorrido están las torres que Quisque había visto desde su ventana. De cerca no parecen fáciles de escalar. Hay que aceptar que no todo es posible. A sus pies otra estatua. En su derredor calles que se abren como en un dibujo escolar. Calcule la longitud de los radios marcados en esta circunferencia. Punto de unión de aquellas calles: las torres. Joder qué extrañas son. Se acerca y en la base se nota que están a punto de caerse. Quisque recuerda Pissa, Venecia, las torres inclinadas de Italia. Se imagina dentro de uno de los documentales que veía en el canal Viajar. Por un minuto se siente dentro de uno de aquellos programas y tiene la necesidad de beber vino, de comer pasta, de hablar con Michelangelo, con da Vinci. Como una voz en off comienza a escuchar: “ante ustedes se encuentran las torres Garisenda y Assinelli. Ambas forman uno de los conjuntos históricos más importantes de la ciudad. Con casi 100 metros de altura, la torre Asinelli es la más alta de las que quedan en la ciudad de Bolonia. Junto a ella, y con un grado de inclinación de más de 3 metros sobre la vertical, se encuentra la torre Garisenda, de unos 50 metros de altura”.

Ho fretta, escucha Quisque y una bicicleta le pasa rozando. Una señora con chaqueta de piel y zapatos de tacón le ha tirado del abrigo para evitar que le atropellasen. Cuando intenta dar las gracias, la señora se aleja sin saber dónde poner las manos y con mirada de desagrado. El grupo de turistas españoles que escuchaba las explicaciones de la guía se ha marchado. La plaza queda vacía. La gran ciudad, piensa Quisque, siempre una sorpresa.

Mira en el plano y busca con la mirada. Porta Ravegnana, 1. Los bajos de aquel edificio los ocupa una enorme librería: Feltrinelli, lee Quisque. Vuelve a mirar en los bolsillos. Mierda, no recordaba que tenía dos direcciones. La otra, la primera, la que le dieron Antonio y Massimo no tenía ningún plano. Quisque tira con rabia el papel al suelo y lo pisa. Tiene hambre y no tiene dinero. Se siente impotente, sólo, perdido en una ciudad desconocida. Mierda, no tenía que haber iniciado el viaje. ¿Por qué tengo que ser tan estúpido? Quisque comienza a llorar. La gente que pasa a su lado lo mira con pena. Incluso algunos le vuelven a echar unas monedas. Meteos vuestro dinero por el culo, les grita, no soy un mendigo. Al levantar de nuevo la mirada, VLM sale de la librería, con su pequeño bolso colgado al hombro y lo llama. Quisque, ven, vamos a comer algo. Quisque mueve la cola como un perro llamado por su amo. VLM se transforma en su salvador. Pero antes de salir corriendo hacia él, recoge las monedas del suelo. Un euro con veinte. Algo es algo. También recoge el papel con la dirección. Algún día me será útil.

domingo, 10 de enero de 2010

Quisque en la plaza de Neptuno


Quisque se ha dejado llevar por Neptuno. ¿Cómo llegó aquí el arte? ¿Es esta ciudad eterna? ¿Sobre que historias estaré sentado?

Las lápidas parecen palpitar. El Neptuno tiembla. La plaza parece luchar por mantener el equilibrio. A su derecha, por la avenida, pasa un gran camión. No tiene sentido, o quizá sí. La Historia es un conjunto de sinsentidos. Quisque se intenta levantar, pero se lo impide la visión que tiene frente a él: varias monedas amontonadas a sus pies y la sombra acumulada en la plaza le indican que lleva demasiado tiempo sentado. Dos euros y cinco céntimos y una dirección escrita en un papel. Son las seis de la tarde. Quisque tiene hambre. Guarda todo en el bolsillo. Se levanta y comienza a caminar.