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viernes, 25 de junio de 2010

El tio Petros

Hace unos meses me interesé por la literatura escrita por matemáticos. Ya veis, pequeñas excentricidades que tiene el lector. De esa curiosidad ha salido la reseña de Apóstolos Doxiadis que podeis leer en librosylibretas

viernes, 21 de mayo de 2010

Manuel Vilas y la Generación Nocilla


Hace varias semanas que terminé de leer Aire nuestro, de Manuel Vilas, y me dejó un sabor extraño. Después comencé a redactar una valoración sobre la obra, pero sigo con alguna duda que ahora os lanzo: ¿qué os parece este mundo de la "generación Nocilla" o de los "mutantes"? ¿Creeís que han conseguido lo que se proponían? ¿Han provocado un cambio o, al menos, el debate en el mundo de la literatura?

Sé que son muchas preguntas y controvertidas, pero creo en vuestro buen criterio.

Si alguien desea leer la valoración del libro de Manuel Vilas que pinche aquí
.

sábado, 17 de abril de 2010

en libros y libretas

Hay un relato que me gustó especialmente en el libro de Javier Moreno, se llama Manual de instrucciones y está en el libro Atractores extraños. Si quereis leer algo sobre él, podeis hacerlo en librosylibretas

lunes, 22 de marzo de 2010

en librosylibretas



Hace días que no lo comentaba. Hemos vuelto con los libros, con comentarios sobre ellos y los hemos dejado en la estantería de libros y libretas. Os dejo aquí el link para que los leáis, si os apetece.


El primero es de Doménico Chiappe, sí, sé que ya hablé de él y de su Entrevista, pero es una obra que me ha creado mucha inquietud. http://www.librosylibretas.com/entrevista-a-mailer-daemon-la-fabrica-editorial-2007-o-la-importancia-de-un-titulo-segunda-parte/



El segundo es una revisión del renacimiento, el reinicio, en la obra Lanzarote de Houllebecq http://www.librosylibretas.com/michel-houellebecq-lanzarote/



El tercero es un texto casi telegráfico sobre Atractores extraños de Javier Moreno. Esta obra traerá, espero, algún comentario más porque me está dejando con las puertas abiertas. Tiene tanta información encerrada que a cada lectura parece una nueva obra. http://www.librosylibretas.com/javier-moreno-atractores-extranos/

sábado, 6 de marzo de 2010

Enrique Vila-Matas. Suicidios ejemplares


En la página de librosylibretas hemos dejado el libro de Vila-Matas esperando vuestra lectura. Esperamos que disfruteis de cada uno de sus suicidios.

Si os apetece leer esta reseña, está en la dirección: http://www.librosylibretas.com/enrique-vila-matas-suicidios-ejemplares/

viernes, 5 de febrero de 2010

libros y libretas


Hemos colgado la valoración del libro Entrevista a Daemon Mailer de Doménico Chiappe. Es un pedazo de libro. Recomendable. Necesario.
Os dejo el enlace. http://www.librosylibretas.com/domenico-chiappe-entrevista-a-mailer-daemon/

sábado, 30 de enero de 2010

libros y libretas


En la página libros y libretas hemos colgado una valoración del libro El cuaderno rojo de Paul Auster. Si os apetece leerla podeís hacerlo pinchando aquí.
http://www.librosylibretas.com/el-cuaderno-rojo-paul-auster/

jueves, 5 de noviembre de 2009

Hombre lento


El viejo no sabía lo que iba a ocurrir. Circulaba en bicicleta pensando en viejas fotografías cuando el coche lo lanzó por los aires. Fue un momento incierto, un viaje efímero por los cielos hasta que despertó en el hospital y le dijeron que le sería amputada una de sus piernas. ¿Qué hacer? Se preguntó mientras el doctor y una enfermera estudiaban el lugar exacto de la incisión. Su vida había cambiado. Después de rechazar cualquier prótesis existente y de negarse en rotundo a toda terapia volvió a casa. Volvió sin pierna y completamente solo, porque él siempre había estado solo pero no sin pierna. No quiso aceptar su desdicha, no quiso observar la vida desde aquella perspectiva vertical que amenazaba con derribarlo en cualquier momento ¿Quizás si se fuera de putas? No, no podía desplazarse. La muletas descansaban sobre las doloridas muñecas, ya no creía en nada. Fue una mañana, cuando los servicios sanitarios de Adelaila le enviaron una enfermera sin su consentimiento, cuando descubrió que los defectos humanos se esconden en los gestos más rutinarios y así, una a una, fue rechazando a las enfermeras que acudían en su ayuda. Pero ¿Existe alguien más perfecto? Se preguntó al ver entrar por la puerta a Marijana Jokic. La triste Marijana viajaba con una maleta llena de lágrimas y un silencio perpetuo acariciado por aquellas manos dulces que embriagaban al viejo. Se había enamorado, era un viejo enamorado de aquella triste enfermera casada y con hijos. Pronto vendrían las dudas y el insomnio, el palpitar constante de una pasión desenfrenada y no correspondida. ¿Era acaso el final de su desdicha o solamente el principio? Más tarde, cuando encontró un ejemplar del “Hombre lento” de J.M.Coetzee aquellas preguntas le fueron respondidas.

sábado, 24 de octubre de 2009

La cajita de música


La música es la eterna enemiga de la literatura. Llegué a esta conclusión al terminar de leer “Invierno en Lisboa” de Antonio Muñoz Molina. En este libro se nos muestra la vida de Santiago Biralbo un pianista de Jazz que anda entre la vida y la muerte enamorado de la bella Lucrecia, la muchacha de ojos tristes. En todo momento nos adentramos a los suburbios de Santander, de Madrid y de la húmeda Lisboa, lugares ambientados en los clásicos de cine negro y del jazz más castizo. Y sí, decidí zambullirme en sus páginas, entre cada línea, cada pausa y descubrí un precioso jazz desde el principio hasta el final de la obra. Los libros tienen música. No me refiero a música sonora, si no más bien a la cadencia y el ritmo. Muchos escritores como el antes citado Muñoz Molina en “Invierno en Lisboa” han perseguido esa armonía que envuelven las partituras para llevarlo a sus obras, aunque el que más destacó por su apego a la música, en concreto al Jazz, fue Julio Córtazar, viendo culminado su trabajo en el relato “El Perseguidor” en el que emula los últimos día de vida del prodigioso Charlie Parker. En este relato Córtazar toma licencias de la máquina múscial jazzistica y la lleva a la literatura utilizando los cambios de ritmo en la narración como variaciones a nivel del lenguaje y de las palabras y creando así en el conjunto de la obra diversas asociaciones rítmicas que dotan al texto de la cadencia del Jazz. En otras palabras, el relato va avanzando siempre hacia delante pero no en sentido lineal, si no hacia cualquier parte.Otro ejemplo son los autores de la generación beat como Allen Ginsberg o Jack Kerouac, en especial este último que utilizó la prosa espontánea para darle sonoridad rítmica a sus textos y donde el Beepop (Variante del jazz) envuelve los párrafos y la vida de los personajes de la novela. En definitiva son muchos los autores que persiguen dotar de cierta musicalidad a sus obras pero la literatura nunca conseguirá adentrarse a nuestros sentimientos de una forma tan directa como lo hace la música. Una de las finalidades de la literatura es conmovernos, solaparse a nuestra alma y arrancarnos sentimientos, en la música ocurre exactamente los mismo pero de forma más inmediata y allí es donde radica la diferencia entre música y literatura. La música, con un pequeño texto y unas cuantas notas consigue conmovernos en apenas cinco minutos mientras que la literatura precisa de varias páginas y un lenguaje apropiado para poder crear ese efecto. Por todo eso, la literatura aspira a ese grado de expresión emotiva que tiene la música, es su eterna enemiga y a la vez su compañera más fiel dependiendo una de la otra. Y es ahí, entre esta lucha de gigantes, donde nos encontramos los lectores-oyentes esperando aquel instante en el que seremos deleitados.

domingo, 18 de octubre de 2009

ASÍ ME ENCONTRÓ MIGUEL ESPINOSA




No es un buen momento para ser eremita, o ermitaño como dice la Real Academia de la Lengua. Los teléfonos móviles, las autovías, los coches o el correo electrónico nos hacen difícil estar solos. Quizá por esa razón Eugenio se fue a su pueblo, deseaba la soledad y la tranquilidad que en la ciudad se hacen casi imposible. Me dijeron que no había soportado los rigores de Villaescombros. Y que corrió hacia el silencio. Y se escondió.

El curso académico había comenzado de un modo un tanto especial, las reuniones de jóvenes interesados por los libros eran continuas, y yo estaba allí para disfrutarlo. Eugenio también participaba. Un chico extraño, un tipo especial. Sólo sé que lo conocí, desapareció y la vida siguió su curso.

En aquellas reuniones alguien debió hablarme de Escuela de Mandarines. No recuerdo quién fue. En esos meses intentaba descubrir escritores murcianos y, ante mis constantes preguntas, debieron contestar con este título. No sabía quién era Miguel Espinosa, y tampoco conocía la obra. Diciembre transcurrió con multitud de comentarios sobre el autor que me incitaban a conocerlo. Nadie lo había leído y, por supuesto, no podían prestarme el libro, pero todos decían conocer a alguien que había sido amigo suyo o vecino o que, al menos, lo había visto tomar café en el bar Santos.

Como nunca me gustaron los trabajos fáciles, me negué a entrar en la Biblioteca Regional y tomar el libro a cambió de un carné de lector. Tampoco quise utilizar internet para encontrar información de este escritor. Si tenía que encontrarlo, lo haría tarde o temprano. Seguí preguntando y el desierto se abría ante mí.

Eugenio no volvía por la ciudad. Pregunté por él. Estaba encerrado en casa, no salía a la calle. Vivía en Cañada de la Cruz. Busqué en el mapa su situación. Perdida entre las líneas de Murcia, Granada y Albacete aparecía el punto que la indicaba. Cogí el coche y me marché a visitarlo. No conocía el pueblo, ni la dirección, ni los apellidos de Eugenio. Para colmo, en el pueblo no hay cobertura para los teléfonos móviles. Un buen lugar para el retiro espiritual. Aparqué en la plaza del pueblo. Llamé a una señora que caminaba al sol de enero. Parecía no conocer a Eugenio. Luego pensó y me indicó una casa, en concreto, una casa con balcones en la calle Mayor. Allí vivía o se ocultaba del mundo.

Casi no lo podía reconocer cuando bajaba las escaleras que terminan junto al salón. La soledad y la tristeza le habían vencido. Salió de casa por primera vez en dos meses. Caminamos y se acabó el pueblo. Seguimos andando hacia el pantano. Hablamos de proyectos, de libros, de los poemas que no terminaban de llegar al papel. Todo era normal pero lento. Volvimos a su casa al mediodía. Nadie nos esperaba en el pueblo. El silencio me hizo pensar que sería un buen lugar para escribir una novela, pero no para superar una depresión. Comimos en su casa. Alfonsa, su madre, era la perfecta anfitriona. Una gran persona.

Al caer la tarde bajamos al tele-club. Hasta muy poco tiempo antes los vecinos se reunían a ver la televisión en aquel local. Ahora se había convertido en un centro social y en el punto de encuentro de los pocos jóvenes del pueblo. Sentado en uno de los muros estaba David. Estudiante de historia, contaba alguna aventura sobre las chicas que había conocido en la biblioteca de la universidad. Parecía un tipo como cualquier otro, y continuamos con las banalidades que llenan las conversaciones. Hablando con él me sorprendí al saber que estaba retirado en el pueblo, estudiando, rodeado de libros, incluso pude escuchar algunas expresiones muy poco comunes en el lenguaje oral. Supuse que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie y que los libros habían ganado espacio a los amigos.

Al despedirme de David recordé la imagen del eremita. Le pregunté si sabía quién era Miguel Espinosa. Me sonrió y dijo que sí. Le expliqué mi búsqueda de Escuela de Mandarines. Al decirle que no quería encontrarme con el autor en una biblioteca pública, se levantó y me pidió que le acompañara. Subimos a la calle Mayor, entró en la única tienda de comestibles del pueblo. Era de la familia. Salió con una llave y abrió una puerta de la otra acera. Una casa vieja que tenía una cocina y una habitación al fondo. Me presentó aquel lugar como su refugio. Se perdió en la habitación y buscó entre los armarios. Salió sonriente. Un libro blanco, con una lechuza en su portada. Era Escuela de Mandarines. Estaba oculta en una casa perdida en un pueblo olvidado de Murcia. Ahora sabía que el libro existía, y también existían los eremitas.

Cogí el libro con el miedo del que cree que el sueño va a acabar pronto. Lo revisé, toqué sus páginas y olí el papel. Me parecía increíble tenerlo en las manos. Yo no conocía a David lo suficiente para pedirle prestado el libro. Era la primera vez que visitaba el pueblo y a él lo había conocido unos minutos antes. Tenía que aceptar que el libro estaba y permanecería en aquella habitación encerrado. Se lo devolví y hablamos sobre él. Cuando me disponía a salir de la casa, David me dijo que se me olvidaba algo, me ofreció la obra con una sonrisa. Me excusé diciendo que no sabía cuándo volvería al pueblo y que no podía tomarlo prestado. Nunca me gustó privar a nadie de la compañía de sus libros más tiempo del necesario. Entonces él volvió a sonreír. No me tendía el libro como un préstamo, me lo estaba regalando. El sueño se convertía en realidad. Negué el ofrecimiento un par de veces, pero con la voz muy baja, para no confirmar lo que decían mis palabras. Eugenio me miraba extrañado, sin comprender la cara de asombro cuando lo cogí y lo guardé en la mochila para ocultarlo de miradas indiscretas. Para mi era un tesoro, para ellos era sólo un regalo. Tuve miedo de que el libro desapareciese o me lo robaran.

Cuando regresaba de aquella visita, mientras conducía el coche de vuelta a casa, supe que Miguel Espinosa me estaba esperando en Cañada de la Cruz, que Eugenio necesitaba el contacto con los amigos y que aún existen hombres que consideran los libros como un signo de amistad. Hace tiempo que no veo a David, un ermitaño de nueva factura, pero desde esta página le doy las gracias.

martes, 4 de agosto de 2009

Por quién doblan las campanas

Estamos, quizás, ante el mejor libro escrito por Ernest Hemingway. Es bien conocida la rama periodística por la que siempre destacó el escritor Norteamericano, siendo de gran calidad tanto dichos artículos periodísticos como la larga colección de cuentos que nos dejó como legado. Muchos críticos aseguraron que la verdadera esencia de Ernest Hemingway se hallaba en los relatos cortos o “Cuentos” y que sus novelas nunca habían alcanzado el nivel de perfección que tenían estos. Pero después de haberme leído este libro he de mostrar mi desacuerdo con esta afirmación. Sí diré que algunas novelas como “Adiós a las armas” o “El jardín del edén” vemos trasfigurado un poco el estilo por el que siempre destacó el maestro: El dialogo directo y personajes perdedores que durante toda la trama están enzarzados en alguna batalla saliendo siempre derrotados.
En esta narración, de unas cuatrocientas páginas, se transmite la esencia del escritor en cada párrafo. Ernest Hemingway trabajó como reportero durante la guerra civil Española e ideológicamente se mostró a favor de la causa republicana. Es por ello que este libro narra la historia de un grupo de guerrilleros de la república asediados en las montañas donde esperan la llegada de un dinamitero “Robert Jordan”. Dicho personaje es un americano que participa en la guerra como voluntario y es alistado por la República para volar un puente. Dicho puente consiste en un punto estratégico utilizado por el bando nacional para atravesar la montaña y que tras el desconcierto provocado por su derivo, las tropas Republicanas aprovecharían para contraatacar desde el aire. Robert Jordan llega al campamento guiado por Anselmo, un viejo cazador que se vio atrapado en la revuelta y que conoce todos los rincones de aquellas montañas. Con la llegada del dinamitero, Pablo, que es el cabecilla de la guerrilla muestra una total desconfianza hacia el americano. El resto de la guerrilla, por su parte, desconfían de Pablo, quien últimamente se comporta como un cobarde y no hace más que beber. Este conflicto entre personajes crea un hilo argumental bastante interesante, pero la verdadera tensión argumental la encontramos en el transcurso del tiempo, es decir, conforme se acerca el día en que hay que volar el puente. Entre toda esta tensión surgirá el amor entre Robert Jordan y María, una joven que fue rescatada del bando fascista por el grupo de guerrilleros.
Desde mi punto de vista este libro nos muestra una versión muy objetiva de lo que realmente fue el conflicto bélico, pues a pesar de estar el autor inclinado ideológicamente hacía la República, es capaz de mostrarnos el lado más cruel de ambos bandos y sus formas de actuar. Por otra parte los personajes, en forma de monólogo interior, nos muestran sus temores ante la batalla, ante la muerte, el dilema que supone tener que matar a alguien y sobre todo una constante duda ante la imagen del futuro ¿Cómo será el futuro cuando todo termine? La obra es un reflejo fiel de cómo era la vida en los últimos años de 1930, la relación entre guerrillas, la forma de vestir, de comer, de amar y de sentir en los tiempos de guerra. Una gran novela sazonada con el inconfundible estilo de Ernest Hemingway.
Sinceramente, una novela que recomiendo a todos que lean.

martes, 14 de julio de 2009

CUANDO SE ES CABEZA DE LEÓN

Ser cabeza de ratón no debe de ser tan malo. Haber sido campeón de canicas de mi calle o haber ganado los cien metros del barrio durante mi infancia me hacen sentir importante. Además, quedé segundo en un campeonato comarcal de ajedrez. Por tanto, ser cabeza de ratón no sería malo si no viviésemos en un mundo de leones.
Hace unos días terminé de leer La luna roja, novela de Luis Leante publicada con Alfaguara. Con mucha alegría descubrí que no era el mejor escritor de Caravaca o el mejor novelista de Alicante. Aunque ya podía intuirse, descubrí que se había convertido en un león, en uno de esos escritores que tienen un hueco en la literatura nacional por trabajo, constancia y virtud. Yo, que aún sigo viviendo en un mundo ratonil, inocentemente creí haber escogido mal el orden de lectura, y me explico. La luna roja, no de un modo premeditado, sucedía a La sombra del viento en mi lista de lecturas. El número de reediciones de esta última obra y las críticas recibidas me hacían prever un caudal de placeres casi infinitos. La finalicé en una semana, sin más pena ni gloria que recordarme continuamente a otra obra del mismo autor, Marina, con la que presentaba excesivas similitudes. Cuando cerré, por fin, el libro, suspiré de alivio. Se había acabado y los placeres no habían llegado en tropel, como esperaba. Con esa disposición inicié la obra de Leante. Temí que fuese una repetición, que mis expectativas, ya cubiertas en muchos de sus libros anteriores (no dejen de leer Academia Europa, reeditada en Punto de lectura), no fuesen alcanzadas. Pues bien, me sorprendió, me fascinó y me dejó unido a la historia durante dos días. No les haré un resumen de la trama, merece llegar virgen a ella e ir desnudándose al ritmo que sus personajes van reviviendo ante nosotros.
Leante tiene un don especial, se enfrenta a cada novela como un nuevo reto, no como el arquitecto que repite esquemas estructurales o el pintor obsesionado con las variaciones sobre una obra. Leante se reinventa en cada libro y te lleva de la mano a pasear por Cuba, España, Turquía o el Sáhara con la mayor naturalidad. Mira el lado humano, demasiado humano, de las personas y sus personajes no se convierten en héroes al uso romántico (no recuerdo finales edulcorados y previsibles en sus obras). Y sus estructuras siempre tienen un carácter novedoso.
Días después de leer La luna roja, confirmo que no estaba equivocado, que esta novela no desmerece la trayectoria del escritor, que este libro no se ha achicado ante las barbas leoninas de Ruiz Zafón, y que en una lucha cuerpo a cuerpo, como la que mantienen todos los libros que se leen de manera consecutiva, ha salido vencedor. Luego el mercado dirá el número de ejemplares vendidos, las traducciones a extraños idiomas o las presencias en las ferias del libro de ciudades; pero para mí se confirma el lugar preeminente que le corresponde a este escritor que, desde siempre, no pertenece al mundo de los ratones, si no que pertenece al mundo de la Literatura.

domingo, 12 de julio de 2009

LA SOMBRA DEL VIENTO o como ahorrar energía

El ser humano evoluciona para conservar la energía. Los homínidos adoptaron la posición bípeda para poder hacer grandes desplazamientos con un mínimo esfuerzo. A finales del Neolítico se inventó la rueda. Y después, el hombre, aunando esa energía que permanecía latente, fue obteniendo resultados que le hacían la vida más fácil. Pero demos un gran salto histórico y acerquémonos a la Edad Windows y al prestigiado “cortar y pegar”. ¿Cuántas horas no nos habrá ahorrado este sencillo gesto?
He dado este pequeño rodeo para llegar a un lugar común: la literatura. Y más concretamente a La sombra del viento. Es extraño que aún queden personas en esta sociedad de la prisa que lean. Es extraño que no esperemos a que aparezca la película que nos resuma en dos horas un libro de cuatrocientas páginas. Es extraño que alguien haga el esfuerzo de pasar una semana leyendo una historia que no le reporta más que placer estético. A pesar de tanta circunstancia adversa, Ruiz Zafón logró invertir el ritmo de la Historia y provocó que millones de personas estuvieran dispuestas a gastar su energía y su tiempo en la lectura de una novela. Críticas a favor o en contra de estos superventas de la literatura universal, no cabe más que darle la enhorabuena al escritor por su obra y su efecto social.
Yo soy de esos individuos reticentes a la moda, quizá por eso vista camisetas desgastadas por el uso, pantalones de la temporada anterior y se me pueda ver leyendo alguno de los libros que triunfaron hace unos años. Sí, yo soy de esa rara especie que prefiere no hacer lo que hace la mayoría, y mientras en del dos mil cinco al dos mil siete parecía que todo el mundo tenía que leer La sombra del viento, ver Gran Hermano u Operación Triunfo, yo buscaba en las librerías novelas que en algún momento habían sido importantes. Fue así como encontré Marina, novela juvenil del ya citado Ruiz Zafón y que leí con gran interés en su momento. Marina era una novela de intriga, con paisajes oscuros de Barcelona, con personajes juveniles y grandes mansiones. Disfrute su lectura pero no llegó a suponer el impacto que esperaba. El mito Ruiz Zafón, en ese momento, cayó algún peldaño. Meses después pensé que el escritor podría haber realizado una novela menor y que La sombra del viento fuese una historia con dobles o triples lecturas que dejasen el sabor del mejor de los calderos murcianos. Incluso logré dejar de pensar en esa historia, a pesar de que a mi alrededor el libro crecía como las setas en otoño.
Ahora, en el dos mil nueve, he terminado de leer el ingenio del escritor catalán. El libro estaba oculto en las estanterías de una amiga que limpiando el polvo lo sacó a la luz. Parece que el libro también me eligió a mí. Lo tomé en préstamo y lo leí con interés. Mientras iba transcurriendo la historia, la memoria me traía retazos del libro que ya había conocido, de aquella novela juvenil con mucho menos prestigio que la que tenía en mis manos. La sombra del viento me devolvía paisajes, personajes y misterio. La sombra del viento me llevaba a lugares comunes de una Barcelona desconocida para mí y recreada sólo en las novelas. La sombra del viento comenzaba a perder interés. La acabé de leer con la sensación de haber malgastado más energía de la necesaria. Pensé en el escritor que pasa meses o años luchando contra una historia, contra una estructura narrativa, contra unos personajes que toman vida para poder reunirlo todo en una novela. Pensé en los narradores que buscan nuevas formas de novelar y que en muchas ocasiones hierran en el intento. Pensé en esos locos que todos los días comprueban qué hubiese ocurrido si la rueda no fuese completamente circular. Un gasto energético innecesario, pensaremos muchos, pero útil para salir de la monotonía.
La sombra del viento, en su vuelta a los lugares de Marina, me pareció parte de la monotonía del autor. De esas rutinas y rituales que para su poblador hacen la vida más sencilla y que, para el profano, vistas desde el microscopio del momento se engrandecen y pasan a ser obras maestras. Son ejemplos de esas rutinas el caldero murciano que antes citaba, las fabes con almejas, las palmas flamencas o la recogida de la aceituna en Jaén. Todo sorprende al neófito y puede cansar al que ya ha probado de ese bocado que le habían dicho que era exquisito.
Desde hace unos días me enfrento a las tapas de La sombra del viento sin el interés acumulado por cientos de elogios en los últimos cinco años y me planteo si no sería mejor leer otra novela del mismo escritor. Tendemos al mínimo esfuerzo, y yo, seguidor de esta idea, pienso que para qué volver a una historia similar, con personajes similares, existiendo bibliotecas llenas de libros. A los que, contrariamente, hayan encontrado en el autor a un gurú de la literatura, a los que se entusiasmen con sus novelas y las relean sabiendo que al menos no les va a defraudar, sólo me queda felicitarlos. Yo estoy cansado del arroz con conejo de todos los domingos, al menos en los placeres me niego la rutina, a pesar de que a mis familiares les encante y no puedan pasar sin su hábito dominical.