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lunes, 10 de enero de 2011

El sueño de una noche de barra

Os dejamos la reseña que nuestro gran amigo y futuro periodista Antonio Fernandez, ha escrito del día 28 de Diciembre tras la presentación de "200 gramos de literatura" en Bullas. Muchas gracias amigo:

Fue en la gélida tarde noche del 28 de diciembre de 2010, cuando el salón de actos de la Casa de la Cultura de Bullas estaba inundado por un ambiente que mezclaba la quietud con una sensación expectante por la anunciada presentación del libro “200 gramos de literatura”. Pero algo inusual flotaba en el ambiente. Era como una curiosidad que presagiaba que ese acto permitiría escaparse de una mera y habitual presentación de libro.
Inesperadamente el aforo estaba abarrotado y esto sorprendió gratamente a los dos escritores del libro, Pedro García y Antonio Pérez, que agradecían la asistencia de tanto público.
La luz comenzaba a desvanecerse al tiempo que lo hacía el susurro de los asistentes, y la oscuridad se cernía sobre la sala. El acto estaba apunto de comenzar, y, qué mejor modo de abrirlo que con un cortometraje en el que se reflejaban imágenes relacionadas con frases del libro que declamaba una voz en off.
Tras el deleite visual, llegaba ahora el musical. El grupo de Bujazz, cuyo nombre fusiona el pueblo de sus miembros, Bullas, y su especialidad musical: el jazz, ofrecieron unas cuantas piezas musicales que cautivaron a un público cada vez más sorprendido por el discurrir de los actos.
Una vez el ambiente preparado artísticamente, Paco Espín, también escritor y gran íntimo de los dos autores del libro, agradeció el estar presentando a sus amigos para ese acto que tan importante era para ellos y también para él, porque aseguró que el libro era un proyecto culmen de todas los momentos literarios que habían vivido juntos: los recitales de poesía y relatos, y las tantas tertulias en la barra del Polígono 14 que gustaban acompañar con un buen whiskey y cigarrillo en mano.
Tras el discurso de Paco, hablarían ahora los autores del libro, comenzando Pedro García con una confesión directa y sin tapujos ante todos: <>. Pedro García pese a tener ya una considerable edad para discernir su vocación, dijo que deseaba la escritura porque se veía la vida de otra manera, desde una perspectiva diferente a la de los demás. No quería ver la vida desde el punto de vista científico de la sociedad, sino que realmente deseaba adentrarse de lleno en el maravilloso mundo de la literatura.
Siguió su intervención con una interesante trayectoria hasta la edición del libro, empezando por la Nochevieja de 2008 cuando él y Antonio Pérez pensaron en la perfecta idea de escribir un libro juntos mientras bebían en la barra del Polígono 14, lugar que frecuentan ambos escritores; pasando por los susodichos recitales de poesía y relatos de los que Pedro resaltó su admiración ante la cultura que se estaba desarrollando en su pueblo natal de Bullas, entorno a la música, la literatura y el cine. Poco después veían la idea de un libro como algo quizás dificultoso y decidieron primeramente crear juntos un blog para publicar algunos de sus escritos, y cuando Culturajos, el nombre del blog, recibía numerosísimas visitas, decidieron retomar de nuevo la idea del libro hasta que casi dos años después consiguieron tener en sus propias manos esos “200 gramos de literatura”.
Dando fin a su discurso, Pedro García expresaba que el mundo de la literatura estaba poblado por la envidia y por ello, quiso exaltar a su coautor Antonio Pérez, por esa gran humildad y el gusto de trabar con él en proyectos como era el de crear un libro.
Tras un caluroso aplauso, le pasaban el micrófono a Antonio Pérez que comenzaba su intervención agradeciendo la numerosa asistencia y la colaboración de todos los que amenizaban el acto, porque se sentía abrazado por todos, ‘me siento abrazado’, expresaba Antonio emocionado.
<< ¿Por qué la gente escribe?, ¿cuál es el motivo que les lleva a escribir?>>, así iniciaba Antonio su discurso. Inventar realidades, escapar de días vacíos y del dolor, el amor, la libertad, cazar palabras, la vuelta al pasado…fueron algunos de los motivos que Antonio fue recopilando de escritores y que explicaba uno a uno. Así pues, Antonio nos explicó también que la literatura era una forma de liberación y que, sin duda, aquel que escribe se libera. De igual modo nos recordó que escribir a veces puede convertirse en una entrañable vuelta al pasado, a la infancia y ejecutarla al modo que uno desee. <>, finalizaba Antonio su emotivo discurso.
Una vez esto, los escritores se disponían para leer unos pocos párrafos de alguno de esos quince fabulosos relatos. Marcos García, primo e íntimo de Antonio Pérez y amigo de Pedro García, los acompañó con la apacible música de su piano. Y tras las breves lecturas, el grupo acústico que siempre amenizaba los recitales de poesía y relatos, amenizaría ahora el acto, aunque con la formalidad que éste exigía. Pero pese a ello, y como si se tratase de otro recial más, hubo risas y situaciones típicas de aquellos encuentros literarios tan necesarios para ellos.
Para dar punto y final, de nuevo la banda de Bujazz tocaría una última pieza que ambientaba el cierre con esa aurea de años 20 que ofrecía el jazz. Tras esto, los autores firmaban libros sin descanso y hubo un pequeño piscolabis bañando con buen vino.
El sueño ya se había cumplido. Ya formaba parte de la realidad y, por tanto, tocaba de nuevo soñar por la literatura y para la literatura, que se merece escritores como Pedro García y Antonio Pérez para que sigan haciéndole el amor a la escritura y nos dejen más de 200 gramos de literatura.
Antonio Fernandez.

jueves, 16 de julio de 2009

PAN Y CIRCO o yo quiero ser la reina de mi calle

Es paradójico que en el momento de la Globalización, del pensamiento universal, se desarrolle un proceso de implosión cultural tan importante. Necesitamos sentirnos anclados a un terreno firme para mirar más allá de nuestras fronteras culturales. Parece que con el desarrollo del turismo rural, el conocimiento de otras formas de vida nos haya llevado a poner en valor nuestro acervo cultural con mayor empeño que nunca (salvando las asociaciones de coros y danzas de la época dictatorial). Con la Globalización, los vinos peleones del pueblo se han embotellado y cuidado para transformase en caldos de calidad, con el cuerpo y la personalidad propios de la uva monastrell. Hemos mirado hacia atrás, hemos recuperado los aperos de labranza y nuestros recuerdos para exponerlos en el mercado público, en ocasiones, sin el menor pudor, sin el menor cuidado. De esta suerte nos vemos inmersos en una producción bibliográfica de escaso valor cultural, de carácter subjetivista y sin apenas intención de trascendencia. Cualquiera diría que es el momento de contarnos las historias que ya sabemos.
Acudiendo a la necesidad de conocer el pasado, esta recuperación no es baladí, más bien es necesaria y debería tener una finalidad: que un grupo social se reconociese, que un municipio observara su trayectoria y pudiese actuar sobre ella; pero el afán de notoriedad individual no deja ver el bosque.
¿Quiénes deberían revisar la Historia? Yo pienso que es un trabajo para los que son capaces de ver más allá del pasado, para los que miran al futuro a los ojos, sin refugiarse en lo que ya existe. La Historia la escriben los valientes, los que saben predecir, los que no tienen miedo a equivocarse. Por eso mismo, y voy a donde quería llegar, cuando observo el renacimiento de las fiestas de los barrios en un municipio cualquiera, con una elección de damas de honor, con un concurso de migas, con una charanga y un alcalde paseando por las calles del brazo de las “elegidas” me planteo hacia dónde vamos, quién toma las decisiones y si ese es un camino de futuro.
Seré sincero, ante la posibilidad de elección en materia cultural, me niego a aceptar que se regrese a los años ochenta y precedentes (no pude vivir la década de los setenta), me niego a aceptar el pan y circo de nuevo (por mucho que lo adornemos de cultura tradicional), me niego a que eso sea lo nuevo. Ante este escenario sólo me queda una reflexión: si nos sentamos a escribir las historias que vivimos y no escribimos nuevas páginas en la Historia, si retomamos las tradiciones sin evolucionar sobre ellas, si nos olvidamos de los que están por venir, entonces ¿hacia dónde vamos? Nos abocamos a una continua repetición, a solaparnos, a ser prescindibles y a expulsar de nuestras calles todo pensamiento divergente. El pueblo envejecerá, las personas envejecerán cada vez antes y estas casas serán, poco menos que, un museo folclórico al que venir de visita una vez al año. Después, cuando ya nos hayan visitado, cerraremos la puerta y seguiremos eligiendo damas de honor y ganadores de concursos de migas para regocijo de los que no ven más allá del ventorrillo.

miércoles, 8 de julio de 2009

LA MORA CRISTIANA o cómo destrozar una leyenda

Dicen que una mentira repetida puede transformarse en una verdad. Así quiero imaginar que surgían las leyendas, como las de los tesoros en las paredes de los conventos, los barcos de gran riqueza varados en los fondos del puerto de Almería o el mito de Che Guevara. Tantas páginas se han escrito, tantas conversaciones han ocupado, que al final no queda más remedio que creer. Pero la leyenda a la que me refiero tiene un carácter más localista y se desarrolla en un pequeño pueblo del noroeste murciano. Pongámosle nombre: Bullas.
La leyenda se ubica cronológicamente en la noche del 23 de junio, más conocida como la noche de San Juan. Hace muchos años se decía que esa noche mágica, por las faldas del monte Castellar, se podía ver a una mora que bajaba a la poza del Salto del Usero y se lavaba con las aguas del río Mula. Aquél era un acontecimiento social, los vecinos del pueblo se acercaban al lugar en silencio, a la espera de la llegada de la mora, que lógicamente nadie veía y aseguraban que no había hecho su habitual recorrido porque se habría sentido vigilada. No faltaba quién, en un rapto de egocentrismo, afirmaba haberla visto a altas horas de la madrugada, cuando ya todos los vecinos se habían marchado. Si no la había visto directamente, se lo había contado cualquier amigo; pero la mora existía. Así se fue forjando la leyenda y tomando forma.
Con el auge del tradicionalismo, la recuperación de las costumbres, aquella leyenda de la mora no pasó desapercibida y, al tiempo que algunos jóvenes aprendían a tocar la bandurria o el laúd, también decidieron aprehender la esencia de la noche de San Juan. Un año, no creo importante saber cuándo ocurrió el hecho, decidieron aprovechar que el pueblo seguía aglomerándose en las faldas del monte para dar presencia a la leyenda. Alguno de aquellos jóvenes, tapado por una tela blanca, descendió hasta el río, se lavó y volvió a subir hacia el monte. La leyenda había tomado cuerpo. La mora existía y todos la habían visto. Después se habló de si la mora vestía zapatillas de deporte o la ropa era inadecuada para el hecho histórico, pero todos la habían visto. A partir de ese año, el descenso de la mora se convirtió en un acto cada vez más folclórico y abierto. Aquella imagen no temía ser contemplada, aparecía a una hora convenida (en torno a la medianoche) e incluso algún año llegó a multiplicarse y bajaron tres moras muy poco femeninas (hasta ese momento nunca lo habían sido).
El último acto en este proceso evolutivo tiene que ver, en la era de la comunicación, con la presencia de los medios audiovisuales. La noche de San Juan, legendaria, quedará impresa en fotografías y en películas de vídeo. Los encargados de la televisión local se encargarán de repetir tres veces diarias las imágenes para que todo el municipio pueda verlas. La repetición de esas imágenes borrará el halo de magia y hará el hecho una acción totalmente mundana. Llegados a este punto, olvidado el origen de leyenda, comenzamos a manipular la bajada de la mora como un espectáculo no exento de espectadores con pipas, con botellas y grandes focos. No incidiré más en el hecho mediático en sí y pasaré a revisar el motivo de mi artículo.
29 de Junio. En pleno atardecer contemplo en la televisión la grabación realizada en el Salto del Usero en la noche de San Juan. Este año ha tocado baile con influencia árabe, exhibición del fuego en velas contenidas en copas que asemejan esferas de luz en las manos de las bailarinas (me sorprende la actuación gratamente). Después, no recuerdo se había un intermedio entre los dos actos que relato, aparece un séquito portando antorchas que abren camino a la protagonista de la noche hasta la poza natural. El aire de la noche completa los cuatro elementos básicos de estas noches de magia: aire, tierra (montaña), agua (río) y fuego (antorchas). Todo está servido para que la mora, ataviada con ropas de fiesta y cubierta en casi la totalidad de su cuerpo, se introduzca en el agua. Camina hacia la pequeña cascada y, a medio camino, hace uso de una cántara que llevaba con ella. Recoge agua para levantarla por encima de su cabeza. La imagen de televisión muestra a la mora de espalda, con la cascada al fondo. La cántara gira sobre sí misma dejando caer el agua frente a la mora que este año no parece que vaya a mojarse la cabeza, el acto se convierte en un hecho diseñado para el disfrute del público. Al finalizar la caída del agua, la mora baja la cántara hasta el nivel de la poza y hay ocurre lo más inesperado de la noche: la mora se santigua, la señal de la cruz cristiana cubre el cuerpo de este antepasado musulmán. No entiendo si es un error o un intento de fusión de culturas. Me quedo perplejo ante la imagen que acabo de ver.
Necesito un tiempo para reflexionar. Una musulmana que se santigua, en la noche de San Juan o en el solsticio de verano. Religiones monoteístas, paganismo o animismo se acaban de mezclar ante mis ojos. ¿Estamos ante un nuevo paso en la evolución de las creencias actuales o se confirma el sincretismo religioso esperable tras el proceso de globalización? Sigo perplejo, pero no dejaré que el lector se aburra con estas reflexiones.
La mora se gira hacia la cámara y vuelve a repetir el gesto de elevar la cántara con agua y devolverla a la poza. Las venas de los brazos se marcan en la protagonista, la belleza clásica y lánguida parece que ha perdido importancia esta noche. No se puede intuir ningún rasgo de su cara, la ropa ancha disimula las ondulaciones del cuerpo femenino, sólo los antebrazos y las manos se hacen públicos y no parecen que formen parte de un cuerpo similar a las bellezas que vivieron en los jardines del Generalife. El agua salpica contra el ropaje con brillos dorados y que ahora está empapado después de la inmersión ritual. La cántara desciende de nuevo y la mora se vuelve a santiguar. Prefiero no pensar. La mora y el séquito van desapareciendo ante mi mirada. Ahora sólo me queda la reflexión. ¿Cuál será el siguiente paso en esta leyenda?