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jueves, 21 de enero de 2010

El coleccionista de bolígrafos rojos (Capítulo final)

(Todo esto me hace pensar que el instituto Eduardo Asquerino ha estado funcionando sin profesores durante los últimos dieciséis años.)

Sigo revisando las cuentas y hay otra cosa que no me cuadra. Cintas de video, Don Fulgencio fue comprando cintas de videos todos los años, cincuenta cintas por año. ¿Por qué querría Don Fulgencio cincuenta cintas de video todos los años?

La puerta comienza a abrirse y capto un olor a marihuana y perfume de fresa. Por fin ha venido, deseaba volver a verla.

- Hola, ¿cómo llevas el trabajo?-Su voz parecía más triste de lo normal, como algo tensa.

- Bien, aunque hay algo que no me cuadra. ¿Sabes porque no se ha contratado a ningún profesor en los últimos años? Y lo más importante ¿Por qué compra tu abuelo todos los años tantas cintas de video?

- Sí. Eso es dificil de explicar. Mi abuelo cambió mucho desde que mi madre murió. Desde entonces los profesores no han durado demasiado tiempo, al principio fue despidiendo a alguno, pero poco a poco ellos solos fueron desapareciendo. Yo no supe lo que les ocurria hasta hace poco. Mi abuelo ha diseñado un sistema de enseñanza en donde el mismo graba las clases y luego las proyecta para los alumnos.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Pues, eso, que los profesores se marcahron aburridos de mi abuelo y otros, pues bueno...

- ¿Pues bueno qué?

- Nada.

- ¿Cómo que nada?

- Pues eso, que nada. Porque no te ocupas de hacer otras cosas..

Ahora estaba tras de mí, acariciando mis hombros y lanzando bocanadas de humo que formaban una extraña espiral con la luz del flexo.

- ¿Te has dado cuenta?-me dice susurrándome al oído- Llevamos tres meses hablando y todavía no has visto mi rostro. Yo si te he visto a ti. Siempre que entro me encuentro con tu rostro iluminado por el flexo. ¿cómo te imaginas que soy?

- Nunca lo he pensado, simplemente me gusta escuchar tu voz pero no te he puesto un rostro-mentí. La había imaginado de todas formas posibles, con todos los detalles, con todas sus curvas.

- Podría tener el rostro quemado por algún accidente infantil o quizás me falte un ojo o una oreja. Aunque también podría ser la mujer más atractiva que hallas visto nunca. ¿no te gustaría averiguarlo?

- Sí, sería algo que me encantaría pero eso te corresponde a ti decidirlo.

- Creo que prefiero permanecer en la oscuridad.

Seguía acariciado mis hombros y una vez más sentí sus pechos clavados en mi espalda. No pude resistirlo, me giré y buscando su rostro en la oscuridad acaricie sus pechos. Ella me acariciaba con más intensidad y finalmente nos besamos. Su boca sabía a humo y tristeza y su cuerpo era suave, como una tela de seda recién estrenada. Acaricié su rostro. Estaba lleno de lágrimas.

-¿Por qué lloras?
-Porque estoy enamorada de ti y tú me has besado.
-¿Y eso es algo malo?
-Sí, porque él lo sabe y ahora vendrá a por ti como hizo con Avelino y todos los profesores.
-¿Quién vendrá?
-Mi abuelo. No le gusta que nadie me mire, ni me toque. Nunca he salido de este instituto.

Al decir esto la luz del flexo se apagó y un escalofrió recorrió mi espalda. Tras la puerta se comienza a escuchar unos pasos acercándose.

-Rápido tenemos que irnos de aquí. Agárrate a mi mano.

La cogí de la mano y caminamos hasta la puerta. Hizo girar la llave y salimos al pasillo. Todo estaba a oscuras pero se podía ver al final del pasillo una pequeña luz. Era la linterna de Don Fulgencio Colmenero que se acercaba hasta nosotros.
Caminamos en sentido contrario. Todo está a oscuras, no veo por donde vamos pero ella parece conocer muy bien aquellos pasillos. Entramos a otra habitación y nos escondemos tras una especie de estantería. Por debajo de la puerta puedo ver el haz de luz de la linterna, Don Fulgencio ha pasado de largo.

-No te muevas de aquí, voy a tratar de entretener a mi abuelo. Dame cinco minutos y depués lárgate de aquí, corre, no te detengas, abandona el instituto y no vuelvas jamás.

Quiero decirle algo, despedirme, besarla por última vez, pero ella ya ha salido de la habitación. Intento calcular el tiempo de cabeza. Todo esto me parece una locura, como algo irreal. No puede estar ocurriendo de verdad. Salgo de detrás de la estanteria, no veo nada, no escucho nada. Me pregunto si no será una broma de ella, ¿Por qué me he dejado mangonear así? Pasa el tiempo y empiezo a moverme a tientas por aquella habitación. De repente siento alguien detrás de mí, una respiración agitada que golpea levemente mi oído.

-Has tardado mucho, creo que vamos a dejar ya este estúpido juego de una puta vez.

No hay respuesta. La respiración es más agitada y su mano me recorre los hombros, baja por mi brazo derecho y se introduce en mi bolsillo.

-He dicho que lo dejes, no me apetece más seguir haciendo este tipo de gilipolleces.

Pero el silencio es cada vez mayor. La mano sigue moviéndose en mi bolsillo.
De repente se enciende una luz. Me encandilo. Con los ojos llorosos atino ver una figura delante de mí. Es ella, una chica morena, tremendamente bella, nunca la hubiera imaginado así, pálida, hermosa. Me mira fijamente y comienza a sonreir de forma grotesca. Doy un paso hacia atrás y palpo una tela áspera y vieja, una gabardina demasiado grande que esconde un cuerpo escuálido y encorvado. Siento su otra mano rodear mi cuello y apretar con fuerza mientras me susurra al oído: “Nunca debiste tocarla”


- FIN-

lunes, 18 de enero de 2010

El coleccionista de bolígrafos rojos

Al principio me niego a probar cualquier cosa que haya sido servida por Don Fulgencio, pero el hambre hace que me lleve a la boca una cucharada de aquella comida y la verdad es que es bastante buena.
Cuando termino de comer continuo el trabajo y al cabo de unas horas ya están actualizados todos los papeles. Al igual que el día anterior, Don Fulgencio abre la puerta y me dice que puedo irme a casa. Salgo de aquel edificio donde bailan las sombras y los silencios prometiéndome que no voy a volver, pero es inútil, al día siguiente vuelvo y así hasta que han pasado más de tres meses desde que trabajo para Don Fulgencio Colmenero. La verdad es que una vez que me he acostumbrado a sus extravagancias disfruto con el trabajo. Todos los días entro a las ocho en punto y Don Fulgencio me acompaña hasta mi despacho. Todavía no he conseguido que deje la puerta abierta pero ya no me importa, incluso me gusta estar encerrado en esta habitación. Pero lo que realmente ha conseguido mantenerme dentro de estas cuatro paredes es el incremento de sueldo que me propuso Don Fulgencio y las frecuentes visitas de su supuesta nieta. El segundo día que empecé a trabajar la estuve esperando pero no apareció, tampoco lo hizo al tercero, fue al cuarto día cuando volvió a visitarme y nunca ha dejado de hacerlo. Sus visitas duran el intervalo de un canuto de marihuana y siempre intenta tentarme para que hagamos el amor en aquella mesa del siglo XVIII, yo siempre me niego pero disfruto con aquella situación. En algún que otro momento, cuando he sentido su boca cerca de la mía, he estado a punto de besarla pero nunca lo he hecho. Ha resultado también que aquella chica tiene una conversación fascinante. Disfruto mucho con su presencia. Cuando llega, abriendo sigilosamente la puerta y fumando un canuto de marihuana, hace que me olvide de la oscuridad y del duro trabajo que me obliga a realizar Don Fulgencio. Con el paso del tiempo me he vuelto despistado, no paro de pensar en ella y los libros de cuentas bailan ante mí sin importarme que al final de cada año no cuadren bien las cuentas, pero Don Fulgencio todavía no se ha enterado, supongo que será cuestión de tiempo.
Esta mañana tengo ante mí los ingresos de las matrículas del año 1993. Hay algo muy extraño, según estos informes desde ese año hasta la actualidad no ha sido contratado ningún profesor, tampoco aparecen las nóminas de los profesores que ya estaban contratados. Quizás Don Fulgencio los tendría sin contrato, como me tiene a mí hasta ahora, pero tampoco, ya que he revisado las cuentas internas y no hay nada que indique los servicios de ningún profesor. Todo esto me hace pensar que el instituto Eduardo Asquerino ha estado funcionando sin profesores durante los últimos dieciséis años.

domingo, 3 de enero de 2010

El coleccionista de bolígrafos rojos




Está anocheciendo cuando salgo a la calle. Será mejor que llame a María para contarle todo lo ocurrido este día, pero un momento… Don Fulgencio Colmenero no me ha devuelto el móvil. Mañana se lo pediré ahora estoy muy cansado y sólo me apetece dormir.
Cuando llego a casa no ceno, me introduzco directamente en la cama y quedo dormido al instante.
A la mañana siguiente el despertador no suena y tengo que levantarme de un salto, llego tarde mi segundo día de trabajo. Voy todo lo rápido que puedo pero cuando llego al instituto ya son las ocho y cuarto. Lo primero que me encuentro es a Don Fulgencio Colmenero esperándome en la entrada con las manos dentro de la gabardina y su mirada severa.

- Llega quince minutos tarde. ¿Qué se ha creído que es esto? Venga pase y no se preocupe que esto se lo descuento del suelo maldito vago. ¿Ha traído su bolígrafo rojo? -Con las prisas lo he olvidado por completo. Empecé a ponerme nervioso-.

- No. Lo siento Don Fulgencio, lo he dejado olvidado en casa.
- ¿Cómo que lo ha dejado olvidado? Esto es inadmisible, debería despedirlo ahora mismo por esto. ¿es que no comprende lo importante que es? Ya está usted volviendo a casa a por él y tenga en cuenta que todo el tiempo que se retrase se le descontará de su sueldo. ¡Usted mismo!

Esto es increíble, castigado por mi propio jefe por no traer el maldito bolígrafo rojo. Don Fulgencio Colmenero aparte de ser un hombre senil y malhumorado, cree que todavía vive en los años en los que daba clase y podía tratar a todo el mundo como si fueran sus alumnos.

- Está bien Don Fulgencio. Iré a casa ahora mismo pero... ¿Me devuelve mi móvil?
- ¿Cómo dice?
- Mi teléfono móvil, usted me lo requisó ayer y todavía no me lo ha devuelto, podría llamar a mi chica para que me acercara el bolígrafo.
- De eso nada, irá usted mismo, no hay más que hablar. Y no sé que me habla del móvil, yo no tengo nada suyo...

Salgo de allí dando un portazo. Me tienta la idea de irme y no volver jamás pero no puedo, necesito el dinero y de momento no tengo nada mejor, tengo que aguantar como sea.
Las librerías están cerradas a esa hora por lo que tengo que ir a casa y rebuscar en los cajones hasta que encuentro uno debajo de unos almanaques viejos. Todavía le queda algo de tinta.
Cuando vuelvo al instituto Don Fulgencio me espera en el mismo lugar, cómo si no se hubiera movido desde que me marché.

- Hoy ha perdido usted una hora de trabajo, ya sabe lo que eso significa. Enséñeme el bolígrafo.-Le muestro un bolígrafo bic con la capucha roja- Es perfecto, simplemente perfecto, ahora ya está usted preparado.
- ¿Preparado para qué?
- No hay tiempo para explicaciones, ha de volver al trabajo de inmediato. Le acompañaré a su despacho.
- No se moleste Don Fulgencio, creo que sabré llegar yo solo.
- De eso ni hablar, nadie camina solo sin mi consentimiento por los pasillos.

La verdad es que esperaba ese tipo de contestación por lo que asentí y caminé tras él.
Volvemos a subir a la planta de arriba y a atravesar aquel largo pasillo donde están las aulas. Están vacías. Quise preguntarle a Don Fulgencio el motivo de aquella ausencia pero no me apetecía recibir otra contestación de las suyas, así que callé y seguí caminando.

Hemos llegado a la puerta de mi despacho y Don Fulgencio saca de nuevo las llaves de su bolsillo emitiendo aquel sonido estridente. Mientras abre la puerta miro por la apertura de su gabardina y siento un escalofrío al ver asomar de los bolsillos un puñado de capuchas rojas. ¿Qué diablos era eso, me hace ir a casa a por un bolígrafo rojo cuando tiene la gabardina repleta de ellos? Pero la puerta se ha abierto y Don Fulgencio me empuja dentro de la habitación donde está el escritorio iluminado por el flexo y la oscuridad total.
Sobre la mesa vuelve a haber otra montaña de papeles que se perdía en la penumbra. Don Fulgencio entra conmigo.

- Sobre la mesa tiene todo el trabajo. Quiero que siga revisando cuentas y comprobando que todo está en orden.
- De acuerdo Don Fulgencio. ¿podría dejar esta vez la puerta abierta? Lo digo para que se renueve el aire de vez en cuando.
- Creo que eso no será necesario.
- Pero Don Fulgencio...

Antes de terminar la frase la puerta se está cerrando de nuevo y la llave girando sobre el cerrojo.
Me siento en la silla y espero a que mis pupilas se acostumbren a la oscuridad de aquel lugar. Como me den ganas de mear me lo pienso hacer fuera del jarrillo, apuntando a aquella oscuridad sin importarme si lo hago sobre una valiosa alfombra o algún mueble rescatado de la historia.
Comienzo el trabajo. Está vez tengo delante viejos presupuestos y ayudas gubernamentales. Sigo el mismo procedimiento de ayer, primero subrayo los errores y después lo paso todo a limpio. Es tarea fácil.
Cuando ya he realizado la mitad del trabajo escuchó un ruido en la puerta. ¿Será ella? La verdad es que no consigo quitarme su imagen de mi cabeza, su forma de tocarme, su aliento, su olor a marihuana y perfume de fresa. Pero ella no aparece. Seguramente aquel sonido lo ha debido de producir alguna rata royendo la madera del pasillo. Sigo con el trabajo mientras pienso esperanzado en que ella decida volver. Pero no apareció en toda la mañana.
Al medio día la puerta se abre y Don Fulgencio Colmenero deja caer sobre la mesa un plato de lentejas. Se marcha sin decir nada, levitando con sus diminutos pies por la oscuridad de la habitación. Al principio me niego a probar cualquier cosa que haya sido servida por Don Fulgencio, pero el hambre hace que me lleve a la boca una cucharada de aquella comida y la verdad es que es bastante buena.

viernes, 1 de enero de 2010

El coleccionista de bolígrafos rojos

- ¿Te importa si fumo?-dijo aquella sombra, era una voz de mujer
- ¿Cómo dice?

Escucho la piedra de un mechero y por un instante se dibuja en la oscuridad de la habitación el rostro de aquella chica. Su piel es pálida y repleta de sombras que la llama del mechero no consigue ahuyentar. Con unos carnosos labios sostiene un cigarrillo.

- Mi abuelo detesta que fume pero no me importa, siempre vengo aquí. Avelino solía darme conversación.
- ¿Tu abuelo?
- Sí, Don Fulgencio Colmenero ¿A que tiene los pies diminutos?
- Lo siento pero no creo que seas su nieta. Don Fulgencio Colmenero no tiene familia, nadie podría soportarlo durante mucho tiempo.
- No hables así de mi abuelo, es buena persona siempre y cuando se le obedezca.
- ¿Dices que conocías a Avelino? ¿Sabes qué le pudo ocurrir para que cometiera esta atrocidad en las cuentas?
- Sí, lo sé pero todavía no puedo decírtelo.

Sin saber como lo hizo se colocó tras de mí. Ahora puedo sentir su aliento en mi nuca.
- ¿Ha hecho alguna vez el amor sobre un escritorio del siglo XVIII? Yo sí, es algo increíble.-Ahora su mano acaricia mi brazo y uno de sus pechos se clava mi hombro. Es grande y tenso y empiezo a sentir una especie de cosquilleo en la entrepierna. Tengo que acabar con esta situación.

- Será mejor que te marches, tengo mucho trabajo y a Don Fulgencio no le gustara que esté perdiendo el tiempo.
- Vale, ya me voy. Pero hágame caso, nunca deje de trabajar, obedezca a mi abuelo.

Tras decir eso noto como se aleja. Camina en la oscuridad iluminada por la ceniza candente de lo que supongo es un canuto de marihuana. Después cierra la puerta y echa el cerrojo. El olor a marihuana y chicle de fresa desaparecen, ahora sólo huele a humedad y polvo.
No le doy importancia, seguro que es una alumna del instituto que se ha fugado una clase para fumar porros en aquellos pasillos. Seguro que se conoce el edificio muy bien y con los años se habrá hecho con una llave de todas las puertas del edificio. Mejor vuelvo al trabajo y me olvido de todo, si me doy prisa en poco tiempo habré terminado aquella montaña de papeles.

Las cuentas me están volviendo loco, cada año son más disparatadas, sin sentido. Quizás el tal Avelino no soportó la presión de trabajar para Don Fulgencio Colmenero y acabó volviéndose loco. Eso es lo único que explicaría el desastre en los libros de cuentas.
Cuando termino el último informe el flexo comienza a parpadear. Siento un gran alivio y me dan ganas de gritar y saltar por toda aquella habitación de la cual ni siquiera sabía cómo estaba decorada.
Como si me hubiera estado observando o si hubiera estado calculando el tiempo que tardaría en realizar el trabajo, Don Fulgencio Colmenero abrió la puerta.
Desde la puerta me observa un largo rato a través de sus gruesas gafas con las manos dentro de aquella holgada gabardina. Vuelvo a sentir el mismo escalofrío por la espalda y rezo para que no me dé más trabajo, estoy agotado.

- Muy bien, creo que ya basta por hoy. Seguramente tendrá hambre. Puede marcharse a casa y mañana a las ocho en punto le quiero de vuelta. Sígame por favor, le acompañaré hasta la salida.

Mi cuerpo experimenta una cierta ligereza al escuchar aquellas palabras. Antes de salir de la habitación intento aprovechar la luz que proyecta la linterna de Don Fulgencio para averiguar cómo es el cuarto en el que he pasado la mayor parte del día, pero me resulta imposible pues Don Fulgencio Colmenero ya está en el pasillo.
Sigo a Don Fulgencio de nuevo hasta que llegamos a la escalera de caracol. Hace mucho frío y el olor a humedad es mayor a lo que recordaba. Vuelvo a aferrarme a la barandilla y con paso torpe bajo hasta la segunda planta. En esta ocasión las aulas están vacías y todo parece más siniestro.
Al ver el oso blanco disecado en el recibidor puedo respirar con normalidad. Antes de llegar a la puerta pienso en preguntarle a Don Fulgencio por su nieta pero no lo hago. Seguramente me toma por un loco y no me apetece escuchar de nuevo sus gruñidos, al menos por ese día.
Cuando abro la puerta de salida escucho a Don Fulgencio llamarme.

- Le recuerdo que es imprescindible que mañana traiga su bolígrafo rojo, como le he dicho es algo de suma importancia en este instituto.

- Claro Don Fulgencio, no se preocupe, me hago cargo de ello.

¡Y una mierda me hago cargo! ¿Qué me importa a mí el boli rojo? Es sólo una manía de viejo, pero en fin... lo traeré con tal de no escucharle.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El coleccionista de bolígrafos rojos

Saco el móvil para llamar a María y decirle que no me espere para comer.
- María, oye no me esperes para comer que aquí tengo para rato. Sí, ya sé que te dije que hoy no empezaría a trabajar pero es que tendrías que ver a mi nuevo jefe. Es un vejestorio amargado que huele a rancio. Ahora mismo me ha mandado actualizar una gran columna de papeles que a nadie le importan pero creo que voy a pasar de...

Siento una respiración agitada en mi nuca y una estela de sudor frio baja por mi espalda. Le cuelgo a María y me quedo inmóvil sin atreverme a darme la vuelta. Al fin lo hago y me topo de frente con el aliento de Don Fulgencio Colmenero.
Esto es el fin, pienso, este ha sido el trabajo más corto de mi vida. Este tío tiene pinta de ser muy rencoroso y seguro que me echa a patadas por todo lo que acabo de decir, o pero aún... mira que cara de loco tiene. Este me mata y me encierra en una de estas habitaciones donde jamás seré encontrado. Me perderé en el olvido y cuando todos se cansen de buscarme archivaran mi caso mientras Don Fulgencio Colmenero explota a otro desesperado como yo en encontrar trabajo.
Don Fulgencio Colmenero rebusca algo en su bolsillo y se vuelve a escuchar aquél tintineo estridente. Al sacar la mano cierro los ojos esperando lo peor.

¡No Don Fulgencio! Le prometo que ha sido un malentendido, no volverá a suceder....
Entonces escucho sus gruñidos. Don Fulgencio Colmenero sostiene un bolígrafo rojo.

- Disculpe, con las prisas he olvidado decirle algo de suma importancia. En este instituto el único color que está permitido utilizar al personal contratado es el rojo. Tome este y para el próximo día intente traerse el suyo pues no estamos aquí como para ir regalando bolígrafos al primero que entre...

Siento un gran alivio al comprobar que aquel vejestorio no ha escuchado nada de lo que he hablado con María. Se aleja de nuevo hacía la puerta pero esta vez se detiene en seco.

- Por cierto, ¿Podría entregarme ese teléfono móvil que esconde en el bolsillo derecho? En el instituto Eduardo Asquerino está terminantemente prohibido su uso- Saco el móvil del bolsillo y se lo entrego sin rechistar, como cuando eres pequeño y temes recibir un enorme castigo si no obedeces lo que te ordenan- También le cerraré la puerta con llave. No se lo tome a mal, pero creo que es la única forma de que no se distraiga. Si necesita hacer sus necesidades encontrará un orinal bajo la mesa. Antes de marcharse a casa lo saca usted y lo vierte en el retrete pues yo no pienso andar tocando sus desechos ¡Por el amor de Dios!

Se marcha cerrando la puerta. El movimiento de la llave en la cerradura produce un ruido metálico y triste, después escucho sus pasos alejándose por el pasillo y lo imagino caminando con sus pies diminutos, como levitando por las oscuridad de aquellas viejas aulas.

La habitación está en silencio y a oscuras. La luz del flexo sólo ilumina el escritorio, parece como si lo hubieran colocado de manera simétrica para ser absorbida por la montaña de papeles pendientes dejando en penumbra el resto de la habitación. Me imagino a Don Fulgencio Colmenero colocando aquella lamparilla, estudiando con su mirada de topo que posición es la más correcta para que no me distraiga mientras sostiene una maléfica sonrisa y piensa “A este instituto sólo se viene a trabajar, no están permitidas las distracciones”
Pero aquello no le serviría de nada a Don Fulgencio Colmenero, porque ahora mismo voy a coger la lamparilla y me pondré a inspeccionar aquel cuartucho.
Es inútil, el flexo está atornillado a la mesa y esta a su vez atornillada al suelo. Es imposible moverlo, aquella luz estática ha sido creada únicamente para alumbrar el escritorio y la gran cúspide de papeles que hay encima. Vuelvo a imaginarme a Don Fulgencio Colmenero atornillando la mesa iluminado por aquella luz que solo obedece sus órdenes y esta vez sonriendo a carcajadas mientras dice “no ha existido criatura en la tierra que venza a Don Fulgencio Colmenero”.
Me embarga un gran temor. Deseo salir de allí pero no puedo, la puerta está cerrada y todo está a oscuras. Aunque consiguiera escapar de aquella habitación no sabría como encontrar la salida, no dispongo de la linterna y tampoco conozco aquellos pasillos laberínticos. Empezaré a trabajar y quizás, cuando termine de poner al día aquellas cuentas podré salir de allí y no volver jamás.
Me acomodo en el respaldo de la silla observando todos los papeles por revisar. Desde 1985 hasta 1992 todo está en orden. Avelino, el antiguo contable de Don Fulgencio había realizado una labor brillante pero a partir de ese año las cuentas comenzaron a sufrir repentinos cambios y varias incoherencias. Leo detenidamente aquellos documentos y subrayo con el bolígrafo rojo todos los vacios legales que voy encontrando para que una vez revisados todos los libros de cuentas empezar de nuevo arreglando aquel desastre. Cada vez que levanto la vista me recorre un escalofrío al ver aquella habitación sin formas que se abre ante mí. Seguro que está lleno de ratas, pienso, y sigo con el trabajo.
No podría decir el tiempo que he pasado revisando papeles. Nunca me ha gustado llevar reloj y en aquella oscura habitación, sin un sol que indique el fin del día, es imposible saber en qué momento estoy. Podría haber estado cinco minutos revisando papeles o tal vez tres horas, es imposible saberlo. De repente escuchó la cerradura de la puerta. Alguien ha entrado a la habitación. Sus pasos son lentos y un olor a marihuana y a perfume de fresa inunda la habitación, pero es imposible asociar una imagen a aquellos aromas.

- ¿Te importa si fumo?-dijo aquella sombra. Era una voz de mujer

sábado, 26 de diciembre de 2009

El coleccionista de bolígrafos rojos




Volvimos a salir a aquellos pasillos oscuros donde parecía que en cualquier esquina habría algún tipo de peligro o una alimaña sedienta de sangre humana.En el piso superior parece que la vida empieza a brotar poco a poco. Paseamos frente a las aulas donde hay reducidos grupos de alumnos. Me llama la atención que en ninguna de las clases hay profesores. Todos los alumnos miran una especie de televisor antiguo. Siento una gran curiosidad por lo que ocurre allí dentro pero en el momento en que me detengo para echar una ojeada siento la punzante mirada de Don Fulgencio Colmenero y no me atrevo a replicar.


- Aquí es donde están todas las aulas. Como puede comprobar en mi instituto está totalmente prohibido el acceso a la luz natural. Es algo comprobado que la luz del sol distrae a los alumnos y eso es algo que no podemos consentir. Esta medida también le incumbe a usted pues en su despacho tendrá que valerse de un pequeño flexo que le he mandado instalar. Le recomiendo que no intente abrir ninguna ventana pues todas están selladas y cualquier desperfecto que provoque le será descontado de su sueldo.

Aquella confesión me pilla desprevenido. Cada vez me gusta menos este lugar. Me siento un enano atrapado en las fauces de una gran bestia. Podría perderme por aquellos pasillos oscuros y no regresar jamás.Seguimos avanzando hasta llegar a otras escaleras. Estas forman una espiral que ascienden al piso superior donde se ocultan en la plenitud de aquella noche perpetua. Me agarro fuerte a la barandilla y subo tras Don Fulgencio con paso tembloroso. De repente se detiene en seco en mitad de la subida y mi nariz se clava en su espalda. En aquel momento puedo percibir un olor a encerramiento y soledad seguidos por sus gruñidos ante mi torpeza.En el piso superior la imagen es más desoladora de cuanto había visto hasta entonces. Estamos ante un pasillo sumido en la oscuridad total. Don Fulgencio saca de su gabardina una linterna y seguimos avanzando sobre el suelo de madera que emite destemplados alaridos con cada paso hasta que llegamos ante una puerta hinchada por la humedad.



- Usted se instalara aquí, es lo más adecuado. Cómo puede observar es un lugar muy tranquilo, idóneo para que realice su trabajo sin ningún tipo de distracciones. Mandé subir todos los papeles que dejó a medias ese gandul de Avelino, mi antiguo contable, así que podrá empezar de inmediato su trabajo.


Aquello rompió todos mis esquemas. No pensaba que el primer día me iba a poner a trabajar, además, todavía no tenía contrato y creí que aquel primer día se limitaría a una visita por el centro, el aprendizaje de unas nociones mínimas sobre las costumbres de mi nuevo jefe y el resto de la mañana lo podría pasar paseando y bebiendo cerveza con María para celebrar mi nuevo empleo.Miro hacia atrás y no alcanzó a ver la escalera por la que hemos subido. Frente a mí aquel pasillo tampoco parecía tener fin. Don Fulgencio rebusca en los bolsillos de su gabardina las llaves de la habitación creando un tintineo estridente con cada sacudida. Al fin saca una gran llave entre gruñidos.


- Este será su lugar de trabajo- Dijo señalando un antiguo escritorio de madera de roble con una gran cúspide de papeles alumbrados por la luz de un flexo- Será mejor que comience de inmediato. Quiero que ordene todas las hojas de cuentas desde 1985 hasta el día de hoy actualizando las que falten.


No me da tiempo a replicar. Cuando quiero hacerlo Don Fulgencio Colmenero ya se ha marchado del despacho. Me doy cuenta de que la habitación está completamente a oscuras, sólo puedo ver la mesa con los papeles pues el flexo no ilumina nada más en todo el habitáculo. Llego a tientas a la mesa y miro el rimero de papeles. Saco el móvil para llamar a María y decirle que no me espere para comer.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El coleccionista de bolígrafos rojos

Camina por los pasillos de las aulas con las manos dentro de una gabardina que le queda demasiado grande y un sombrero de copa pasado de moda. Es largo y encorvado, como un ciprés que amenaza con caer en cualquier momento. Le veo acercarse desde lejos con la blanca luz de un día de lluvia brillando a sus espaldas. Es como una sombra, como un fantasma que vaga por aquellas oscuras aulas que dirige desde hace cincuenta años. Me resulta curioso el tamaño de sus pies, son diminutos, casi inexistentes, lo que le da a sus andares un toque de ingravidez.
Se llama Don Fulgencio Colmenero y me ha mandado esperar bajo un gran oso blanco disecado que ocupa el centro de la entrada del instituto.La luz es escasa, tan sólo una ventana al final del pasillo deja filtrar la tenue luz del exterior.
Don Fulgencio Colmenero ha llegado a mi encuentro. Me inspecciona de arriba abajo encarando las cejas con el rostro pálido. Siento un gran temor al verme preso de sus ojos cavernosos, de sus ojos de fantasma.

-Usted debe ser el nuevo. ¡Acompáñeme!

Sin decir ni una palabra me adentro por los pasillos tras aquella sombra. El instituto Eduardo Asquerino es bastante viejo. Tenía entendido que el carácter hosco de su director le había creado bastantes enemistades en la conserjería por lo que con el paso de los años se había convertido en un lugar marginal y apartado del mundo. Apenas hay alumnos en los pasillos ni profesores en la cantina, es más, juraría que en este momento sólo estamos Don Fulgencio y yo. Me invita a que pase a su despacho. Tal y como había imaginado, aquella habitación es una extensión más de la humedad y la penumbra del edificio. Apenas entra la luz y un pequeño flexo ilumina el despacho.
Mientras Don Fulgencio Colmenero toma asiento busco en las paredes algún símbolo que me hable de su vida pero sólo encuentro algunos diplomas y una mención especial a su labor como docente por el consejero de educación de 1979. La mesa está repleta de viejos recortes de prensa y carpetas con papeles amarillentos. Está claro que Don Fulgencio Colmenero hace tiempo que dejó de vivir.
Sentado en su silla comienza a gruñir mientras busca algo en los cajones de su escritorio. Finalmente saca un bolígrafo rojo y sin ofrecerme asiento revisa con minuciosa atención mi curriculum de contable.
Se crea un gran silencio en la habitación y comienzan a sudarme las manos. Pasa las hojas y ninguno de mis meritos profesionales hace efecto en su severo rostro. Finalmente levanta la mirada y garraspea.

-Veo que tiene usted experiencia en auditorías internas y manejo de sistemas informáticos. Pues le anticipo que eso no sirve de nada en este instituto ya que todo sistema informático está terminantemente prohibido. Su trabajo ha de realizarse de forma manual. Aquí se entra a las ocho en punto y se sale cuando a mí me dé la gana. Se gana 600 euros al mes que serán ingresados en un sobre dentro de su taquilla. No puedo permitirme hacerle contrato por el momento. ¿lo toma o lo deja?

Claro que lo tomaba. Las condiciones eran tercermundistas pero necesitaba el dinero. Intento asentir con la cabeza pero Don Fulgencio Colmenero ya se ha levantado y camina hacia la puerta.

-¿Qué diablos hace, piensa quedarse allí toda la mañana? Vamos, tenemos mucho trabajo por hacer.

Continuará...