
La puerta comienza a abrirse y capto un olor a marihuana y perfume de fresa. Por fin ha venido, deseaba volver a verla.
- Hola, ¿cómo llevas el trabajo?-Su voz parecía más triste de lo normal, como algo tensa.
- Bien, aunque hay algo que no me cuadra. ¿Sabes porque no se ha contratado a ningún profesor en los últimos años? Y lo más importante ¿Por qué compra tu abuelo todos los años tantas cintas de video?
- Sí. Eso es dificil de explicar. Mi abuelo cambió mucho desde que mi madre murió. Desde entonces los profesores no han durado demasiado tiempo, al principio fue despidiendo a alguno, pero poco a poco ellos solos fueron desapareciendo. Yo no supe lo que les ocurria hasta hace poco. Mi abuelo ha diseñado un sistema de enseñanza en donde el mismo graba las clases y luego las proyecta para los alumnos.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Pues, eso, que los profesores se marcahron aburridos de mi abuelo y otros, pues bueno...
- ¿Pues bueno qué?
- Nada.
- ¿Cómo que nada?
- Pues eso, que nada. Porque no te ocupas de hacer otras cosas..
Ahora estaba tras de mí, acariciando mis hombros y lanzando bocanadas de humo que formaban una extraña espiral con la luz del flexo.
- ¿Te has dado cuenta?-me dice susurrándome al oído- Llevamos tres meses hablando y todavía no has visto mi rostro. Yo si te he visto a ti. Siempre que entro me encuentro con tu rostro iluminado por el flexo. ¿cómo te imaginas que soy?
- Nunca lo he pensado, simplemente me gusta escuchar tu voz pero no te he puesto un rostro-mentí. La había imaginado de todas formas posibles, con todos los detalles, con todas sus curvas.
- Podría tener el rostro quemado por algún accidente infantil o quizás me falte un ojo o una oreja. Aunque también podría ser la mujer más atractiva que hallas visto nunca. ¿no te gustaría averiguarlo?
- Sí, sería algo que me encantaría pero eso te corresponde a ti decidirlo.
- Creo que prefiero permanecer en la oscuridad.
Seguía acariciado mis hombros y una vez más sentí sus pechos clavados en mi espalda. No pude resistirlo, me giré y buscando su rostro en la oscuridad acaricie sus pechos. Ella me acariciaba con más intensidad y finalmente nos besamos. Su boca sabía a humo y tristeza y su cuerpo era suave, como una tela de seda recién estrenada. Acaricié su rostro. Estaba lleno de lágrimas.
-¿Por qué lloras?
-Porque estoy enamorada de ti y tú me has besado.
-¿Y eso es algo malo?
-Sí, porque él lo sabe y ahora vendrá a por ti como hizo con Avelino y todos los profesores.
-¿Quién vendrá?
-Mi abuelo. No le gusta que nadie me mire, ni me toque. Nunca he salido de este instituto.
Al decir esto la luz del flexo se apagó y un escalofrió recorrió mi espalda. Tras la puerta se comienza a escuchar unos pasos acercándose.
-Rápido tenemos que irnos de aquí. Agárrate a mi mano.
La cogí de la mano y caminamos hasta la puerta. Hizo girar la llave y salimos al pasillo. Todo estaba a oscuras pero se podía ver al final del pasillo una pequeña luz. Era la linterna de Don Fulgencio Colmenero que se acercaba hasta nosotros.
Caminamos en sentido contrario. Todo está a oscuras, no veo por donde vamos pero ella parece conocer muy bien aquellos pasillos. Entramos a otra habitación y nos escondemos tras una especie de estantería. Por debajo de la puerta puedo ver el haz de luz de la linterna, Don Fulgencio ha pasado de largo.
-No te muevas de aquí, voy a tratar de entretener a mi abuelo. Dame cinco minutos y depués lárgate de aquí, corre, no te detengas, abandona el instituto y no vuelvas jamás.
Quiero decirle algo, despedirme, besarla por última vez, pero ella ya ha salido de la habitación. Intento calcular el tiempo de cabeza. Todo esto me parece una locura, como algo irreal. No puede estar ocurriendo de verdad. Salgo de detrás de la estanteria, no veo nada, no escucho nada. Me pregunto si no será una broma de ella, ¿Por qué me he dejado mangonear así? Pasa el tiempo y empiezo a moverme a tientas por aquella habitación. De repente siento alguien detrás de mí, una respiración agitada que golpea levemente mi oído.
-Has tardado mucho, creo que vamos a dejar ya este estúpido juego de una puta vez.
No hay respuesta. La respiración es más agitada y su mano me recorre los hombros, baja por mi brazo derecho y se introduce en mi bolsillo.
-He dicho que lo dejes, no me apetece más seguir haciendo este tipo de gilipolleces.
Pero el silencio es cada vez mayor. La mano sigue moviéndose en mi bolsillo.
De repente se enciende una luz. Me encandilo. Con los ojos llorosos atino ver una figura delante de mí. Es ella, una chica morena, tremendamente bella, nunca la hubiera imaginado así, pálida, hermosa. Me mira fijamente y comienza a sonreir de forma grotesca. Doy un paso hacia atrás y palpo una tela áspera y vieja, una gabardina demasiado grande que esconde un cuerpo escuálido y encorvado. Siento su otra mano rodear mi cuello y apretar con fuerza mientras me susurra al oído: “Nunca debiste tocarla”
La verdad es que una vez que me he acostumbrado a sus extravagancias disfruto con el trabajo. Todos los días entro a las ocho en punto y Don Fulgencio me acompaña hasta mi despacho. Todavía no he conseguido que deje la puerta abierta pero ya no me importa, incluso me gusta estar encerrado en esta habitación. Pero lo que realmente ha conseguido mantenerme dentro de estas cuatro paredes es el incremento de sueldo que me propuso Don Fulgencio y las frecuentes visitas de su supuesta nieta. El segundo día que empecé a trabajar la estuve esperando pero no apareció, tampoco lo hizo al tercero, fue al cuarto día cuando volvió a visitarme y nunca ha dejado de hacerlo. Sus visitas duran el intervalo de un canuto de marihuana y siempre intenta tentarme para que hagamos el amor en aquella mesa del siglo XVIII, yo siempre me niego pero disfruto con aquella situación. En algún que otro momento, cuando he sentido su boca cerca de la mía, he estado a punto de besarla pero nunca lo he hecho. Ha resultado también que aquella chica tiene una conversación fascinante. Disfruto mucho con su presencia. Cuando llega, abriendo sigilosamente la puerta y fumando un canuto de marihuana, hace que me olvide de la oscuridad y del duro trabajo que me obliga a realizar Don Fulgencio. Con el paso del tiempo me he vuelto despistado, no paro de pensar en ella y los libros de cuentas bailan ante mí sin importarme que al final de cada año no cuadren bien las cuentas, pero Don Fulgencio todavía no se ha enterado, supongo que será cuestión de tiempo.


Camina por los pasillos de las aulas con las manos dentro de una gabardina que le queda demasiado grande y un sombrero de copa pasado de moda. Es largo y encorvado, como un ciprés que amenaza con caer en cualquier momento. Le veo acercarse desde lejos con la blanca luz de un día de lluvia brillando a sus espaldas. Es como una sombra, como un fantasma que vaga por aquellas oscuras aulas que dirige desde hace cincuenta años. Me resulta curioso el tamaño de sus pies, son diminutos, casi inexistentes, lo que le da a sus andares un toque de ingravidez.